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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

De conventos y piquetas: la historia oculta de la Gran Vía
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(Foto: Rosa Lorenzo)

De conventos y piquetas: la historia oculta de la Gran Vía

jueves 08 de enero de 2026, 07:00h
Actualizado: 08/01/2026 08:34h

El 8 de enero de 1886, el arquitecto Carlos Velasco presentó en el Ayuntamiento el primer proyecto para abrir una gran arteria en el corazón de Madrid: la futura Gran Vía. Inspirada en los bulevares parisinos, la propuesta prometía luz, amplitud y modernidad en una ciudad que aún respiraba entre callejuelas como Jacometrezo, la Red de San Luis o San Bernardo.

El sueño tardó en hacerse realidad. Las obras comenzaron en 1910 y se prolongaron durante 21 años, divididas en tres tramos. Entre medias, el proyecto original sufrió múltiples modificaciones y se convirtió en un tablero político y urbanístico. Para abrir la Gran Vía, Madrid tuvo que sacrificar parte de su memoria: más de 300 casas y 50 calles desaparecieron bajo la piqueta. Se trasladaron conventos piedra a piedra, columnas numeradas y capiteles envueltos en arpillera para salvar su patrimonio.

Las excavaciones revelaron secretos: restos medievales, fragmentos de murallas, cimientos del siglo XVI y pozos árabes. También aparecieron piezas de cerámica, jarras y candiles ennegrecidos, vestigios de vidas que se apagaron hace siglos. Cada hallazgo era una cápsula del tiempo que susurraba desde el subsuelo mientras la ciudad se reinventaba.

La transformación no solo fue arquitectónica, también social. Las familias desalojadas recibieron la promesa de un justiprecio, pero las indemnizaciones llegaron tarde y fueron insuficientes. Hubo escenas dramáticas: casas derribadas con los muebles aún dentro, protestas en la prensa y titulares que denunciaban la prisa del progreso. Como escribieron los cronistas: “Madrid se desangra para vestirse de gala”.

Cuando el primer tramo se inauguró en 1917, la ciudad se asomó al siglo XX con una sonrisa de neón. La Gran Vía, que primero se llamó Avenida del Conde de Peñalver y luego Avenida de Eduardo Dato, se convirtió en la arteria del lujo y el escaparate internacional. Los cines y teatros ocuparon el lugar de las corralas, y Madrid cambió su manera de mirar el mundo.

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