El 7 de enero de 1970, España vivió una escena que parecía sacada de una novela de aventuras, pero que ocurrió de verdad. Aquel día, Mariano Ventura Rodríguez, un joven madrileño de 18 años, se convirtió en el primer secuestrador de la aviación civil española. Lo hizo armado con una pistola de juguete, un cuchillo romo y cuatro whiskies que le dieron la audacia —o la inconsciencia— para cruzar una línea que nadie había imaginado.
El avión, un aparato de Iberia, despegó desde Zaragoza en un vuelo rutinario. Todo parecía normal hasta que Mariano anunció su propósito: primero exigió volar a Cuba, después cambió de idea y pidió ir a Tirana, Albania, para solicitar asilo político al régimen de Enver Hoxha. Sus demandas incoherentes revelaban más improvisación que estrategia. Él mismo lo reconoció tras ser detenido: “no sabía lo que hacía”.
La tensión se resolvió con sangre fría. El comandante fingió una avería eléctrica y convenció al joven para aterrizar en Zaragoza “para repostar”. Allí, la Guardia Civil organizó una operación cinematográfica: apagaron las luces del aeropuerto, desinflaron los neumáticos del avión y rodearon el aparato con vehículos. Mariano, mareado por el alcohol, terminó rindiéndose por la escalerilla auxiliar. El secuestro más extraño de la historia aérea española acababa sin heridos, sin disparos… y con una pistola de plástico como protagonista.
Las consecuencias fueron serias. Mariano fue condenado a seis años y un día —cumplió tres— y obligado a pagar 17.147 pesetas a Iberia. La compañía, además, vio cómo sus seguros se disparaban en 200 millones de pesetas. Pero el impacto fue mucho mayor: aquel gesto absurdo obligó a replantear la seguridad aérea en España. Hasta entonces, embarcar era casi como subir a un tren: sin controles, sin detectores, sin revisión de equipajes. Tras este episodio y otros similares en el mundo, se implantaron detectores de metales, inspección por rayos X y protocolos de respuesta ante amenazas. Barajas se convirtió en el laboratorio de esta nueva seguridad.
Tal día como hoy, Madrid recuerda una historia que parece ficción, pero que marcó un antes y un después: la del primer pirata del aire español. Un episodio que empezó con cuatro whiskies y una pistola de juguete, y terminó cambiando para siempre la forma de volar.
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