Madrid, 15 de noviembre de 1642. La Villa y Corte se entregaba al otoño con permiso real para recoger bellotas en los montes de El Pardo. La festividad de San Eugenio, patrón de los cazadores, convertía el bosque en escenario de encuentro: sacos llenos, dulzainas sonando, coplas al viento y peleles lanzados al aire. Era la última romería del calendario, la que cerraba el año con sabor a encina y memoria compartida.
El monte, propiedad real, no era de acceso libre. Para entrar, los vecinos necesitaban autorización, que se concedía en fechas concretas como esta. Los guardas vigilaban cada sendero, anotaban nombres y controlaban los sacos. Las bellotas no eran solo alimento para el ganado: en tiempos de escasez, se convertían en harina para pan, en base para gachas, incluso en sucedáneo de café. En las cocinas humildes, se tostaban como castañas o se molían para llenar ollas que cocían despacio, con paciencia y esperanza.
La jornada comenzaba con un ritual: la imagen del santo, custodiada en una capilla domiciliaria, solo salía tras ser solicitada tres veces. La cofradía respondía con negativa las dos primeras, y a la tercera accedía. Entonces, la procesión avanzaba entre encinas, acompañada por dulzainas, tamboriles y gaitas. Los romeros, muchos vestidos con trajes goyescos, compartían migas, vino y canciones. Y entre los juegos, no faltaba el manteo del pelele: un muñeco de trapo lanzado al aire sobre una manta, símbolo de burla y justicia festiva.
Al caer la tarde, la imagen regresaba a su capilla, cerrando el ciclo con solemnidad. Era un día de permiso, sí, pero también de comunidad. Porque en cada saco de bellotas, en cada gacha servida en cuencos de barro, en cada copla cantada al son de la dulzaina, Madrid celebraba su vínculo con la tierra y su forma de convertir lo humilde en historia.
Tal día como hoy, la ciudad no solo encendía sus cocinas: encendía su memoria. La romería de San Eugenio era más que una fiesta: era un ritual que tejía identidad entre hojas caídas, humo de leña y sabor a encina.
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