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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Antecámara oficial del Palacio Real, una de las nuevas salas a las que tiene acceso el público. Pared tapizada de terciopelo azul con el emblema de la Casa de Borbón.
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Antecámara oficial del Palacio Real, una de las nuevas salas a las que tiene acceso el público. Pared tapizada de terciopelo azul con el emblema de la Casa de Borbón. (Foto: Elena Trincado)

Campanas para una reina extranjera

lunes 20 de octubre de 2025, 08:00h
Actualizado: 19/11/2025 18:52h

Madrid, 20 de octubre de 1819. Ese día, las campanas del Palacio Real repicaron anunciando la boda de Fernando VII con María Josefa Amalia de Sajonia. Tenía quince años, venía de Bamberg y no hablaba español. Su linaje era impecable, su educación conventual, y su vida en Madrid se convirtió en un largo silencio entre rezos, protocolos y jardines.

La corte vivía en otro Madrid: mármol brillante, tapices pesados y música de cámara que se perdía entre columnas. La joven reina llegó como quien entra en una obra sin entender el guion. Las damas se empolvaban con harina de arroz, los caballeros ensayaban reverencias, y los criados murmuraban en alemán aprendido a toda prisa. Fernando VII, acostumbrado a imponer más que a dialogar, se encontró con una esposa que no compartía su idioma ni su mundo. La noche de bodas fue desconcierto: María Josefa huyó aterrada, y el papa Pío VII tuvo que escribirle para explicarle que el matrimonio no era pecado, sino deber. Pero ni siquiera eso cambió su actitud: prefería rezar el rosario antes que compartir el lecho.

El regalo más simbólico de aquella unión fue el Casino de la Reina, un palacete con jardines en Embajadores, comprado por el Ayuntamiento para ofrecerlo como obsequio nupcial. Allí, María Josefa paseaba entre rosales y cedros, escribía versos y encontraba en la naturaleza lo que no hallaba en la corte. Porque la reina escribía poesía: mística, íntima, conservadora. Fernando VII copiaba sus poemas a mano, pero nadie más los leyó. Permanecieron inéditos durante casi dos siglos.

Su vida en Madrid fue discreta, marcada por la incomunicación y la devoción. No dio hijos al reino, no participó en actos públicos, no dejó más huella que sus versos y su jardín secreto. Murió el 18 de mayo de 1829, con solo 25 años, en el Palacio Real. Fue enterrada en El Escorial, junto a otros monarcas, pero su nombre quedó en un rincón de la historia.

Tal día como hoy, Madrid celebró una boda real. Pero también, sin saberlo, acogió a una reina que nunca llegó a sentirse madrileña. Una reina que vivió entre traducciones, reverencias y versos. Y que murió como vivió: en silencio.

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