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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Billete de 1.000 pesetas
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Billete de 1.000 pesetas (Foto: Juan Luis Jaén)

Céntimos de historia

domingo 19 de octubre de 2025, 08:00h
Actualizado: 19/11/2025 18:53h

Madrid, 19 de octubre de 1868. Ese día, la ciudad dejó atrás los reales, maravedís y escudos para dar paso a la peseta. Con la Revolución Gloriosa aún resonando en las calles, el Gobierno Provisional decretó un cambio que prometía modernidad: un sistema decimal, claro y práctico. Una peseta, cien céntimos. Nada de fracciones confusas ni conversiones heredadas del siglo anterior. Madrid debía reaprender a contar.

Hasta entonces, el bolsillo madrileño era un laberinto: un real valía 34 maravedís, un escudo equivalía a 10 reales, y entre medias se movían cuartos, sueldos y ochavos. Los precios se cantaban en voces quebradas: “a dos reales el pan”, “a medio escudo el vino”. Las cuentas se hacían con dedos y memoria. Pero aquel octubre, la ciudad estrenó una moneda que cambiaría no solo el cálculo, sino el lenguaje.

La primera peseta oficial se acuñó en 1869. Era de plata, con apenas cinco gramos de peso. En su cara, una figura femenina recostada sobre los Pirineos sostenía una rama de olivo; a sus pies, el peñón de Gibraltar. En el reverso, el escudo coronado de España. Muchos creyeron que aquella mujer era un hombre, y así nació el apodo: “la peseta del Tío sentao”, que se hizo popular en los barrios madrileños.

En los mercados de la Cebada y San Miguel, los precios se reescribían con tiza sobre pizarras. Los pregoneros ensayaban un “¡a veinte céntimos la docena!” con voz insegura. Las vendedoras de buñuelos preguntaban si una peseta valía más que cuatro reales. Y los niños estrenaban cuadernos con divisiones por cien. La peseta no solo cambió el bolsillo: cambió la conversación. Nacieron expresiones como “no vale ni una peseta”, y los billetes se miraban con curiosidad, como fotografías recién reveladas.

En los cafés de Alcalá, los tertulianos discutían si el sistema decimal era afrancesado o simplemente práctico. Las cucharillas chocaban contra las tazas mientras Madrid aprendía a contar de nuevo, como quien aprende a caminar tras una caída. La peseta se convirtió en símbolo de modernidad, de ruptura, de impulso.

Con el tiempo, la moneda vivió guerras, dictaduras y democracias. Se fragmentó en versiones enfrentadas durante la Guerra Civil, llevó la efigie del dictador en el franquismo y se volvió colorida con poetas y científicos en la democracia. En 2002, llegó el euro. Las tiendas mostraron precios dobles, los abuelos hicieron cuentas mentales, y Madrid se despidió de una moneda que había sido más que economía: había sido costumbre, calle, pertenencia.

Hoy, la peseta ya no suena en los bolsillos. Pero si cierras los ojos, aún puedes oírla caer sobre el mármol de una barra o rodar por el suelo de una tienda. Porque hay monedas que no se gastan. Hay monedas que se quedan.

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