A las ocho y cuarto de la tarde el termómetro marca 37º en la puerta de la iglesia de san Lorenzo. El barrio de Lavapiés es como una cazuela con agua a punto de ebullición. Pero a los fieles del santo, como la semana pasada a los de san Cayetano, el calor no les arredra y los castizos y los guardianes del chotis acuden a la procesión rigurosamente uniformados de majos y manolas. Hasta se ve alguna goyesca con más encajes. Casi todos con el pañuelo verde al cuello que lleva la parrilla y que también comparten los devotos oscenses. La procesión de san Lorenzo sale por la estrecha calle del doctor Piga. La puerta principal tiene una escalinata difícil de salvar con el santo a cuestas. Durante poco más de una hora, el desfile religioso atraviesa las calles de Argumosa, Doctor Fourquet, Sombrerería, Valencia, la plaza de Lavapiés y la calle de la Fe. Marcha a buen paso, tal vez porque el calor aprieta y el recorrido no tiene apenas cuestas. San Lorenzo brilla sobre su trono de claveles, portando la parrilla del martirio. Abriendo paso, la reproducción de un campanario sobre ruedas dotado de campanillas. Según la iconografía católica, puede ser un tintinámbulo. No corresponde a la descripción canónica, pero se le parece. El caso es que, durante todo, todo, el recorrido los portadores no dejan de hacer sonar campanillas. Un grupito de turistas hablando en inglés, creen que es la Semana Santa. En la calle de Argumosa y en la plaza de Lavapiés, con toda la feria en marcha, la campanilla apenas se oye.
Como san Cayetano por Cascorro, san Lorenzo tiene que atravesar el ferial entre asados, olor a fritanga de zarajos y gallinejas y anuncios de perritos y hamburguesas ‘de todo el mundo’. Es la universalización de la verbena madrileña. Cubierto el recorrido, meten al santo en el templo por la misma puerta que salió, con gran esfuerzo de sus devotos. El Lorenzo del altar mayor y el de la carroza se cruzan en la entrada. Los fieles que abarrotan el templo y las autoridades que han presidido el cortejo, aplauden emocionados. La fiesta religiosa ha terminado. La verbena acaba, justo, de empezar. Todas las casetas -y alguna más- que se instalaron en Cascorro y la Ribera de Curtidores, se esparcen este fin de semana por Lavapiés. La fiesta popular tiene varios epicentros. En la plaza de Arturo Barea se ofrecen las atracciones musicales. La corrala de Mesón de Paredes, la plaza de Lavapiés y la calle de Argumosa son las paradas para comer o beber, aunque el diligente servicio de los lateros que, nunca mejor dicho, hacen su agosto, permite repostar en cualquier esquina. Ya es sábado por la noche y Lavapiés hierve. Le quedan tres noches más antes de la que la fiesta cruce la calle de Toledo para terminar en La Paloma. Pero eso será la próxima semana.