Cuando el centro de la ciudad comienza a engalanarse para conmemorar, un año más, el Día Internacional del Orgullo LGTBI, muchos de los que deambulan por sus calles y buscan qué hacer estos días en Madrid pasan desapercibidos por las vías donde se fraguó el primer movimiento LGTBI en la capital. En la larga noche del franquismo, la vida de quienes se escapaban de la norma y la obligada moral cristiana se venía truncada por la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes, una norma republicana que Franco modificó para incluir la persecución a la homosexualidad, provocando que miles de personas se vieran privados de libertad, aislados de una sociedad que les repudiaba y obligaba al ostracismo entre palizas y terapias de rehabilitación. En un Madrid tan distinto al de aquellos años, son muchos los puntos donde aún queda la huella de la represión a las personas LGTBI y una ruta los recorre para combatir el olvido del paso del tiempo.
Tras 40 años de dictadura y otras cuatro décadas de democracia son muchos los documentos y archivos que bajo el polvo continúan contando buena parte de nuestra historia. Moisés Fernández Cano, doctorando en Historia de la Sociabilidad y los Espacios LGTBIQ+ en el Instituto Universitario Europeo de Florencia, lleva sobre sus espaldas el trabajo de más de cuatro años indagando por los más de 10.000 expedientes de a quienes se les aplicó esta ley represiva. Vidas e historias de gentes anónimas que intentaban subsistir fuera de la regla franquista en búsqueda de espacios de socialización en las décadas de los 60 y 70 en un Madrid de serenos, falangistas y opresión a la diferencia. Un trabajo que se traducirá en una tesis que defenderá en las próximas semanas, y que se enfrentó a los últimos coletazos de la pandemia poniendo trabas al trabajo de campo: “Era complicado hacer entrevistas online, aunque posible, eran demasiado frías para tratar temas tan importantes. Al fin y al cabo son sus vidas y momentos difíciles”, apunta para Madridiario antes del inicio de esta ruta junto al Congreso de los Diputados.
Un trabajo que podría terminar en una estantería, y que Fernández ha querido pasar a la calle, “a la ciudad y a su tejido social” Madrid que se refleja a través del archivo. Está en Alcalá de Henares “sin orden, ni siquiera cronológico”, a diferencia de otros archivos que clasifican los expedientes bajo de los detenidos e investigados bajo esta ley, que comienza en 1954 con el más tardío a en el año 1970, "no quiere decir que solo fueran esos, había detenciones y redadas que no terminaban en el papel”, subraya, mientras señala al número 44 de la Carrera de San Jerónimo, allí en 1963 la policía del régimen detuvo a una mujer de vida libidinosa” que años atrás había sido expulsada del convento y fundó una ‘Casa de la Empleada’ un espacio donde alojaba a otras mujeres fuera de la norma moral del momento.
Postales, imanes y abanicos con La Cibeles sobresalen de la tienda de souvenirs de los bajos de este edificio. Los compradores de estos recuerdos matritenses difícilmente sospecharán que varias décadas atrás, brigadas de la policía de Franco entraba para detener a la exreligiosa que, según el expediente estudiado por Moisés, sobresale su faceta como una mujer habitual en las apuestas o “acostumbrada a jugar al frontón”. Una casa que termina en condena de cárcel. La presencia femenina en los expedientes de Vagos y Maleantes es “escasa, pero constante” y para Fernandez tiene una “relación directa” con su origen social y la expresión de género, la feminidad o masculinidad de las mujeres registradas, un factor clave recogido en los documentos.
La noche, refugio de lo diferente
No muy lejos del Congreso, en la calle de Echegaray y las zonas aledañas se configuraron en los años 50 y 60 como enclave que aparece de manera constante en los expedientes con distintas redadas y detenciones, también donde cohabitan tabernas y hostales, “una zona, que pese a su cercanía a las Cortes, estaba poblada por mayoría trabajadora y recibía muchos visitantes de la cercana estación de Atocha”, indica Moisés. El Bar Norte, el Tánger así como la taberna Sevilla Cañí, de los que solo queda el recuerdo de la hemeroteca y los apuntes en los archivos estudiados. Para Fernández, no se puede hablar de una “primera Chueca”, en referencia a un primigenio barrio de importancia para las personas LGTBI, pero sí de su importancia para las disidencias sexuales donde muchas de estas personas se encontraban entre ellos y podían socializar entre iguales. Aquí convivían obreros de los barrios de la periferia, trabajadoras sexuales, de la hostelería y del espectáculo en un Madrid con cientos de teatros y cines. Frente a la Venencia, uno de las pocas tabernas de principios del siglo XX sobrevive entre hoteles, Airbnb y bares de moda entre influencers, Moisés recuerda otro de los nombres propios extraídos de los expedientes, el de la dueña de la desaparecida Sevilla Cañí, quien en los documentos oficiales parecía como una “roja peligrosa” de tendencia republicana quién además de regentar este establecimiento donde “se daban cita, bujarrones, e invertidos”, también se encargaba de una pensión donde permitía encuentros entre iguales. La presión policial terminó por cerrar esta tasca y hasta el ejercicio de memoria de esta ruta, nadie supo más de su historia.
El archivo cuenta con 10.000 expedientes
‘La Piquer, la morros’, apodos castizos y populares con los que se conocía a varios de los bailaores habituales del tablao Villa Rosa que en las navidades de 1957 fueron detenidos en una redada policial. Estos avisos o chivatazos provenían como resultado de torturas en los calabozos o incluso la salvación para salir al paso de un posible arresto. Por los datos extraídos de los expedientes consultados, muchos de estas detenciones coincidían con fechas clave como las fiestas navideñas, “en ocasiones las autoridades ofrecían pagas, por lo que aumentaban los expedientes. Los trabajos de artistas vinculados a estos tablaos o teatros conseguían que muchas de sus salidas nocturnas pasan desapercibidas. Además de las palizas, ostracismo y represión, la cara más dura del régimen contra las personas LGTBI se mostraba con las condenas penales o el destierro: “Imagina empezar una vida para un hicho homosexual de clase obrera en una ciudad en la que no tienes ningún vínculo”, comenta Moisés.
Cines y billares, vecinos del epicentro de la represión
Madrid es sinónimo de bares y tabernas, pero un tiempo atrás era conocida por la cantidad de cines en sus calles. Lugares que contaban con sesión contínua “con una misma entrada, podrías pasar todo el día en el recinto y terminar a altas horas de la noche”, un espacio “seguro” para las disidencias sexuales que pasaban desapercibidas entre los muros de estos espacios y que, más allá de un morbo tantas veces reflejado en novelas, películas y documentales, encontraban en los cines un espacio de relativa libertad, “allí el ambigú se convertía en un espacio clave”, apunta Moisés a los asistentes a la ruta desde la confluencia de la calle Espoz y Mina con el Pasaje de Matheu.

“De pronto un día, pasaste de pensar qué pensaría si lo supieran tu mujer, tus hijos, tu portera que en el Cine Carretas, una mano de hombre cada noche busca en tu bragueta, desde que te pintas la boca, en vez de Don Juan te llamamos Juana la loca” cantaba Joaquín Sabina un retrato musicalizado de algunas vivencias, que desde que abrió en 1935 hasta 1995 sucedía en el mítico cine, un lugar de referencia para el movimiento LGTBI, que además de las letras del cantante, quedó registrado en un fotograma de 'Navajeros' de Eloy de la Iglesia. A pocos metros de este cine, en la sede de la presidencia regional, cuando este imponente edificio acogía la Dirección General de Seguridad (DGS), muchos de los expedientados pasaban por sus calabozos. Moisés es reticente a dar nombres propios, “la ley de protección de datos lo impide y, además, muchas de las personas que aparecen en los archivos siguen vivos y tienen familia”, apunta. No obstante, señala que tras una entrevista con Serafín, de 85 años, él insistió en que diera su nombre y contara su historia, una biografía que se llenó de dolor cuando, tras una redada, dió con sus huesos en los calabozos de la DGS, con el frío haciendo mella: “Les daban una manta para cada cinco personas”, rememora Moises justo delante del kilómetro cero.