Mi último artículo finalizaba con la reflexión de: “yo, no merezco esto” como factor desencadenante de una respuesta contundente y absolutamente sorprendente. Hoy día diecisiete de diciembre, donde miles de ripenses se han echado a la calle, puedo aseverar que en Rivas se ha dado la “vuelta a la tortilla”.
Durante décadas, hemos asistido a un sinfin de manifestaciones de todo tipo en nuestra ciudad. La izquierda ripense se ha erigido -todo este tiempo- en los reyes de las asociaciones y plataformas reivindicativas. Decenas de ellas con “papá” ayuntamiento que subvencionaba y subvenciona sus actividades, con el dinero público de todos nosotros. Todas recogidas y ensalzadas en la revista municipal, “¡uy, también pagada por todos nosotros!” llamada; “Rivas al Día”. Fruto de todo ello, se han ido generando pequeños próceres que no se ruborizaban en encabezar “manifas” en las calles pero, eso sí, irse generando su particular acomodo, puesto de trabajo o liberación sindical, en los despachos. Algunos de estos, con la sonrojante capacidad de hacerse la foto con la pancarta movilizadora a la vez que se hacía la foto desde el lado, también, institucional. Profesionales de las movilizaciones, pero anónimos en redes sociales con “avatares” para medrar, insultar u ofender a cualquiera que no comparte sus ideas y que, por tanto, se le tilda automáticamente de “facha”. Líderes o administradores de grupos de “whatsapp” que no dudan en castigar bolivarianamente con el bloqueo y “silencio” dictatorial a aquellos cuyos mensajes no van en su línea ideológica.
Sin embargo, este diecisiete de diciembre, esa mayoría que sufría las plataformas y sus manifestaciones; esos vecinos “paganinis” de asociaciones a los que ni pertenecían, ni les representaba; esos ripenses “bloqueados” en sus chats y, aquellos que nunca querían significarse para no ser señalados con el dedo por la presión social marcada por los extremistas de nuestra izquierda más casposa y retrograda, rompieron sus miedos, su silencio y llenaron las avenidas y calles de Rivas así como la plaza del Ayuntamiento al grito de: “no al carril” y “Aída, dimisión”.
Por primera vez en Rivas, el hartazgo a las políticas caprichosas, fruto de las ideologías por encima de la razón y el sentido común, hizo que se diese claramente “la vuelta a la tortilla”. Por vez primera, aquellos que habían estado detrás de las pancartas se veían en sus despachos asistiendo a cómo sus vecinos les reclamaban a gritos sensatez, soluciones a los desatinos creados y algo más trascendente: dimisiones. Miles de vecinos salían del armario ideológico en busca de políticas reales, gestores capaces para la ciudad que tenemos, buscando políticos a la altura de una ciudad de cien mil habitantes que quiere decir adiós al concepto de “aldea gala”, por mucho que se empeñe nuestra actual Alcaldesa y sus socios socialistas del gobierno.
Las consignas eran claras y en un solo sentido; no, a éste carril. No es viable, por la presente configuración de Rivas, con la realidad de movilidad, transporte y desplazamientos mayoritarios en coche, con el actual carril. Los problemas que está ocasionando desde su implementación van mucho más allá de los continuos atascos, más allá de duplicar o triplicar en tiempos los desplazamientos. Pasa, además, por dejar latente un riesgo ante cualquier emergencia que ocasionará una preciosa pérdida de tiempos, Dios quiera, no se cobren ninguna víctima. Hacer de Rivas Vaciamadrid una ratonera, no sólo no abunda en una disminución de la contaminación y las emisiones (su fin último) sino todo lo contrario.
Los megáfonos en la plaza del Ayuntamiento de Rivas tuvieron voces “anónimas”, persiguiendo aglutinar los pensamientos y necesidades de todos. Habrá que tener cuidado en administrar sabiamente el uso de los mismos y seguir siendo “anónimos”, sólo persiguiendo un objetivo: quitar los carriles y pedir responsabilidades. Se ha de seguir aglutinando esta voluntad popular sin adoctrinamientos y sin partidismos. Esa unión de todos, por un fin mayor ha de ser antepuesto a todo, lo contrario sería debilitar un movimiento que es de la ciudadanía, de todos y cada uno de nosotros. La sartén está calentita, muy calentita, nadie ha de cogerla y tan sólo tendremos que dejar que siga haciéndose lentamente hasta la llegada de las elecciones. Ahí, sabiamente, los ripenses sabrán que han de hacer y con quien.