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¿El silencio es un delito?

Por Francisco José Gallardo López
lunes 13 de diciembre de 2021, 12:18h

Existe un proverbio árabe que dice: “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas”… Sin embargo, bajando tan altas consideraciones a un terreno más mundano, desde la esfera del delito y la praxis judicial, el silencio suele ir de la mano de la conspiración, el encubrimiento o la complicidad, de la mano del delito. Y, si aún hacemos el ejercicio de “bajar” otro peldaño, viene asociado a la cobardía, el “mirar para otro lado” o el famoso “esto no va conmigo”.

En otros artículos ya he hablado largo y tendido al respecto de cómo vivimos en una sociedad cada vez más inmune, más indolora, más deshumanizada que asiste impertérrita a situaciones devastadoras sin que no se nos mueva ni el más ligero pelo.

Bajo mi prisma de investigador, bastante oxidado cabe señalar, sigue habiendo grandes vacíos policiales, procesales y judiciales en torno a las siguientes tres grandes figuras: la ausencia, los derechos de las familias de las víctimas y el silencio conspirativo o encubridor.

La ausencia tomada como la figura previa a la desaparición sigue sin tener, ni estar recogida como figura procesal cierta. No genera actuación policial o de emergencia alguna y, sin embargo, precede (no siendo una ausencia voluntaria) a toda desaparición y a un notable porcentaje de homicidios y/o suicidios. Toda medida preventiva que fuese tomada ante una ausencia no voluntaria sería, ciertamente, determinante para no engrosar, aún más, las escalofriantes cifras de personas desaparecidas en nuestro país.

Urge que nuestra sociedad y, por ende, nuestros políticos aborden la figura de la ausencia y una escala de procedimientos ante ella como esa cadena de actuación preventiva que haga no llegar a aumentar el número de desapariciones.

En nuestro país, contamos con una amplia pluralidad de cuerpos policiales, así como de unidades de emergencias suficientes, altamente preparados y dotados de herramientas que podrían hacer una labor muy, muy eficaz y absolutamente preventiva para lograr reducir el número de desapariciones, así como constituirse en piezas claves y determinantes -llegados los casos- de una subsiguiente instrucción e investigación por Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado ante una confirmada desaparición, suicidio u homicidio. Dichas unidades policiales o de emergencia no sólo harían una tarea previa que sirviese de punto de partida cualificado a posibles procedimientos instructivos sino que además servirían muy satisfactoriamente de apoyo, consulta, “consuelo”, orientación y ayuda a todas las familias y/o amigos que reportan la desaparición de un ser próximo o querido y, sin embargo, asisten a un sistema procesal insensible que no mueve un dedo hasta no pasar unas ciertas horas, conforme a protocolos inmunes al dolor y el desasosiego.

Respecto a los derechos de familiares y/o amigos de las víctimas son, bajo mi consideración, los grandes olvidados de todo procedimiento procesal. No han sido pocas las veces que inmerso en investigaciones, he podido encontrar familias de víctimas de desapariciones, homicidios y/o suicidios, rotos, completamente desbordados, destrozados por la fatalidad y sin el apoyo o tutela de alguien que les indique cómo actuar, qué mecanismos tienen a su disposición y sobre todo, quizás lo más importante, la figura de alguien que aglutine desde “las lágrimas” hasta los pasos a dar en pro de una mejor resolución del suceso, asesorándoles en cada situación, con cada medida a tomar o no tomar (muchas veces, es aún más importante saber que no hay que hacer…) y garantizando su coordinación con los órganos responsables intervinientes en el proceso, según los casos.

Al igual que en catástrofes o situaciones de emergencias los protocolos están perfectamente definidos en todas las administraciones, quizás estemos huérfanos de cubrir las necesidades de familiares, amigos y/o allegados en estos terribles casos desde el momento de la ausencia pasando por todo el escalado temporal. La administración que sea pionera en disponer de un plan que respalde éstas silenciosas víctimas, no sólo acometerá algo necesario, sino que se convertirá en pionera en paliar y abordar dramas humanos y estará desde ese instante a la vanguardia para otras administraciones que repliquen las medidas.

Respecto al silencio conspirativo, encubridor… pues he aquí uno de los males sin castigo que tienen muchas de las figuras delictivas de nuestro ordenamiento jurídico. Las preguntas como gestores o responsables directivos pueden ser; ¿cómo detectarlo?, ¿cómo lucho contra el miedo de quien asiste a un castigo y teme elevar la voz por represalias?, ¿cuándo alguien por comodidad o evitar complicaciones va a mirar para otro lado?, ¿cómo hacer que los compañeros de un claro mobbing laboral se identifiquen y lo manifiesten sin que eso les traiga consecuencias?, ¿cómo detectar testigos silenciosos de escenas delictivas?, ¿cómo “condicionar” a todo aquel que sepa o entienda de una situación que pueda ser denunciable a que, efectivamente, termine implicándose y se le asegure no tener consecuencias?

Esta tercera pata escapa bastante de la toma de medidas concretas, se aleja de todo control salvo a aquel que vaya en el sentido de la concienciación. Será una tarea de todos, sensibilizar con que hay muchas víctimas ocultas que requieren del apoyo o de la movilización de sus testigos para poder evidenciar el abuso, el maltrato y/o el delito. Corresponderá a un sistema holístico que camine casi al contrario de nuestra sociedad, que camine en busca de la sensibilización y la implicación de dar conocimiento de todo abuso, todo delito, toda situación donde hay una víctima y un abusador.

Quizás esta tercera casuística sea un canto de sirenas o quizás sea la obligación de todos nosotros, sí, obligación en -al menos- aportar nuestro granito de arena en el camino de dicha concienciación, sabedores que en cada grupo, cada organización, en cada lectura del presente artículo quizás hay un castigador, una víctima o un silencioso testigo leyendo. Un trabajo de reflexión de, incluso, quien escribe puede ser víctima y le gustaría contar con la palabra de sus testigos rompiendo las cadenas del miedo ante las posibles consecuencias de sus castigadores. Un ejercicio de ser espejo para todo lector que sabe ser abusador. Un análisis de situación y denuncia para esos grupos, esas organizaciones en decadencia que no mueven ni un “clip” en la busca de la justicia, la libertad y la verdad. Todo un reconocimiento para esas personas fuertes que sonríen con el corazón roto, lloran con las puertas cerradas y pelean batallas de las que nadie se entera.

Francisco José Gallardo López

Concejal del Partido Popular de Rivas Vaciamadrid

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