Las mujeres víctimas de la violencia machista no tienen nombre, su nombre desaparece tras el término violada, maltratada, secuestrada, apaleada, torturada y el más horrible de todos ellos: asesinada.
En lo que va de año, la cifra tras la que se esconde el nombre de estas mujeres es la de 37 asesinadas y desde el año 2003, que es cuando se empezaron a contabilizar, 1.118 mujeres asesinadas solo por sus parejas o exparejas. Esta cifra no contempla los feminicidios de las mujeres asesinadas por hombres con los que no tenían una relación sentimental, si así fuera, el número sería tremendamente mayor. En la Comunidad de Madrid, 118 mujeres desde el año 2.003 y 7 mujeres y una menor este año.
Mujeres con nombre y apellidos, vidas segadas por asesinos, maltratadores que en la mayoría de los casos las han torturado en las múltiples versiones que el término maltrato engloba.
Mujeres con una vida por delante, con sueños que realizar, con ideales, con una historia pasada, con una historia presente y con una historia futura truncada por quienes, en algún momento, aseguraron amarlas.
Mujeres con menores y mayores a su cargo. Mujeres madres, hijas, nietas, hermanas, mujeres con derechos de ciudadanía que son relegadas por los maltratadores asesinos a convertirse en números de una macabra estadística.
Pero en nuestro país, en esta sociedad, en esta cultura marcada por el machismo, cada vez que una mujer es asesinada pasa a ser una mera cifra, se invisibiliza su nombre, su vida, sus circunstancias personales, sus sueños y sus anhelos de ser feliz.
Junto a esta lista macabra que no dispara las alarmas de una sociedad enferma de violencia está también la que se ejerce contra las mujeres en el ámbito laboral.
Como sindicalista tengo que denunciar la gravedad de una realidad que afecta a tantas y tantas mujeres que se levantan cada día con la voluntad de ganarse la vida con su esfuerzo y que sufren acoso sexual y el acoso por razón de sexo en el trabajo.
Y este 25 de noviembre de 2021 considero necesario, además de urgente, visibilizar el drama de estas trabajadoras.
Hay que señalar y denunciar que el acoso laboral no solo se produce en la proximidad. Hoy tenemos que constatar que las mujeres que trabajan a distancia también sufren la violencia machista, porque el acoso y la violencia pueden aparecer en cualquier lugar de trabajo y afectar a cualquier persona trabajadora con independencia del tamaño de la empresa, el campo de la actividad o el tipo de contrato o relación de trabajo.
Una violencia que a la mujer la coloca en una situación crítica marcada por la angustia de tener que soportar de manera silenciosa estas agresiones o poner en riesgo su puesto de trabajo, su salario y su medio de subsistencia para ella y para los miembros de su familia.
Por ello, porque consideramos especialmente grave la violencia machista en el ámbito laboral, desde UGT nos reiteramos y exigimos que se acelere el proceso de ratificación por España del Convenio 190 de la OIT, aprobada por consejo de Ministros en septiembre de 2021 e iniciado ante la OIT, un instrumento imprescindible para asegurar entornos laborales libres de violencia y acosos, incluidos el acoso sexual y el acoso por razón de sexo.
Y en este contexto también es imprescindible la falta de transparencia en cuanto al destino final de los fondos del Pacto de Estado recibidos por la Comunidad de Madrid. Recursos que deberían servir para proteger y salvaguardar a las mujeres de sus maltratadores.
Las mujeres tienen, tenemos que tener la confianza, la certeza y la seguridad de que el Estado, las Administraciones, la judicatura y la policía garantizan nuestra seguridad, nuestra integridad física y psicológica, frente a los asesinos y maltratadores y aspirar a una sociedad realmente democrática donde las mujeres podamos vivir en libertad y sin miedo en cualquier ámbito y de manera muy especial en el marco de las relaciones laborales.