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Artefactos y corralas

Por Fernando González
jueves 16 de febrero de 2017, 21:00h

Como decía don Enrique Tierno, querido y admirado alcalde que gobernó la ciudad de Madrid, “¡qué cosas tienen estos chicos!” En aquellos años de la movida madrileña, con bastante malicia y mucho de vanidad intelectual, El viejo profesor utilizaba la frase para referirse a sus jovencísimos compañeros del PSOE. Con toda la humildad del mundo y sin ánimo alguno de comparar a los que fueron con los que son, aplico la misma expresión a los que ahora mandan en el Ayuntamiento capitalino: ¡qué cosas tienen estos chicos de Ahora Madrid!

A quién se le ocurre llamar artefactos a las promociones de viviendas de alquiler proyectadas para la gente sin recursos. Uno de los enclaves elegidos para levantar ese tipo de casas se localiza en Valdebebas. No me extraña que los habitantes de ese nuevo arrabal periférico se suban por las paredes. Me imagino los comentarios que circulan por allí. “¿Se ha enterado usted, doña Amelia? Nos van a colocar artefactos en los descampados del barrio”. “¡Vaya por Dios, hija! Con el dinero que nos ha costado el piso”. Oídas las murmuraciones, el Consistorio compareció para aclarar tan maño equívoco.

Según la réplica del concejal responsable, tales artefactos consistirían en asentamientos comunales destinados, principalmente, a los muchísimos jóvenes que no pueden emanciparse. Compartirían cocinas, lavanderías y alacenas, pero dispondrían de apartamentos particulares para vivir con cierta independencia. “Peor aún” –clama de nuevo doña Amelia-, “si me dieran a elegir entre comunas populares y artefactos, yo me quedaría con los cacharros”.

Los vecinos de Valdebebas pensaban que nuestro Ayuntamiento vendería los terrenos sobrantes y, con los beneficios de la operación, financiarían zonas verdes y dotaciones comunitarias. No ha sido así. Afortunadamente, la Alcaldía ha preferido apoyar a los madrileños más abandonados y vulnerables. Para justificar las peculiaridades de las viviendas anunciadas, el responsable municipal de la materia ha dicho que hay que recuperar la “corrala” como forma tradicional de vivir de los ciudadanos de Madrid. ¡Qué cosas tienen estos chicos!

Todavía lo recuerdo. De niño, una vez al año, visitábamos a unos tíos de mi padre afincados en Lavapiés. Ocupaban un pequeño alojamiento en las viejas corralas del distrito. Abierto el portal, desembocábamos en un zaguán estrecho y sombrío. A la izquierda se veía un pequeño cuchitril destinado a los porteros y a la derecha destacaba un cuartucho lleno de trastos. El pasadizo desembocaba en un enorme patio rectangular. En las esquinas, al aire libre, sin cerramiento alguno, las escaleras. A la vista de todos, las distintas plantas del inmueble enmarcadas por corredores exteriores que daban la vuelta a todo el recinto. En cada ángulo, un baño comunal. El piso de mis parientes apenas rebasaba los 30 metros cuadrados. Tenía dos dormitorios comunicados, el más alejado sin ventilación natural, una estancia central y una cocinita adosada. Recuerdo que también tenía un fogón en el hogar y una estufa de hierro en el comedor, alimentadas ambas con carbón y leña.

Así era la corrala que yo conocí, entrañable y precaria. Una forma de vivir, probablemente mucho más humana y solidaria, que ha sido superada por el tiempo. Aquellos que intenten recuperar el pasado están condenados al fracaso. Qué cosas tienen estos chicos.

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