No expresar opiniones por miedo al rechazo de los demás, desmotivarse con suma facilidad, pensar que no se va a lograr lo que se ha propuesto, tener ciertas dificultades para relacionarse, necesitar aprobación constante, sentirse constantemente menos que el resto, no pensar nunca en las fortalezas propias, no tomar la iniciativa nunca, sentir que no se tiene nada que aportar o envidiar la vida de los demás. Son algunos de los síntomas comunes de las personas con autoestima baja.
La autoestima es la creencia y percepción que se tiene sobre uno mismo, lo que tiene que ver con cómo esa persona se evalúa y se valora. Una persona con baja autoestima podría sorprenderse de sus propias capacidades si mejora en este aspecto, como cita la psicóloga clínica Paula Marín en el blog Psicología y Mente. De su mano recogemos algunas acciones útiles que una persona puede emprender para mejorar su autoestima. Algo necesario.
1. Concienciarse de que el objetivo es ser feliz
¿Quién ha dicho que haya que ser perfecto? Nadie lo es, no estamos aquí para eso. La felicidad es una actitud, es proponérselo cada día, y eso pasa por no estar en el continuo autocastigo.
Es hora de ser conscientes de los defectos sin dejar que estos resten protagonismo a las virtudes. Y también de ponerse metas realistas, adaptadas a las capacidades de cada cual. Porque cumplirlas será todo un elemento motivador para continuar, para alcanzar nuevos retos que entrañen quizás más dificultad. Es necesario, además, no estar culpándose si se fracasa.
2. Dejar mirar lo que hacen los demás
Como señala Marín, hay que centrarse en la vida de uno mismo. Tendemos a idealizar la vida de los demás, a ver solo la punta del iceberg, esa en la que consta el éxito, pero no el esfuerzo, las alegrías pero no las decepciones. Idealizar es otra forma de castigarse, si entramos en la comparativa agravatoria.
Cada persona tiene su vida y sus experiencias. Tú eres el dueño de la tuya propia, así que céntrate en controlarla.
3. Cambiar el lenguaje para con uno/a mismo/a
Insistimos en la necesidad de adoptar una actitud positiva. Marín sugiere escribir en una carta todo aquello que no gusta de uno mismo, valorar cómo se pueden cambiar las cosas y destruir el texto para no volver a pensar en él. Empezar de cero, teniendo presente que todo el mundo tiene derecho a ser feliz.
Las autocríticas deben ser constructivas y, si vienen de fuera, hay que aprender a no tomarlas demasiado a pecho, incluso a encajarlas con cierto sentido del humor. Eso demuestra a los demás que no se es vulnerable a ellas, si no que vives en equilibrio con tus defectos y con tus virtudes.
4. Dedicarse tiempo
Cuando se está en un estado anímico bajo hay que poner soluciones, y eso pasa por hacerse el centro del mundo propio. Regalarse algo que no abunda en el agitado ritmo de vida que llevamos: tiempo.
Los cambios de imagen, por ejemplo, suelen dar buen resultado. Pueden ser una forma simbólica de ese “voy a cambiar”, un modo muy visual de ver esa intención de cambio (aunque lógicamente hay que trabajar más por dentro que por fuera).
Las sesiones de cuidado personal son muy provechosas.
5. Desechar las relaciones tóxicas
Hay personas que, sencillamente, no aportan nada en la vida de otras personas. Es más, lo que aportan es negativo. Alguien que habla excesivamente de sí mismo sin ser capaz de escuchar a nadie, que se muestra quejumbroso y negativo, que suele ir de víctima o que se ha demostrado a sí mismo envidioso, es una persona tóxica. Y tenerlas alrededor mina mucho la moral.
Igual que hay que poner fin en la medida de lo posible a relaciones que no aportan, también hay que dejar atrás esos hábitos que no satisfacen. Aunque esto deba pasar por el trabajo.
6. Hacer acopio cada día de lo positivo
La psicóloga Paula Marín propone dedicar unos minutos a pensar en esos retos o errores cometidos durante el día antes de irse a la cama. E intentar hacer que pese más lo positivo y ver lo negativo como una oportunidad de mejorar.
Si se fracasa en las acciones anteriores, puede que vaya siendo hora de contactar con un especialista, como un profesional del tratamiento de fobias en Madrid que determine si hay otras causas detrás. Eso sí, lo de tratamiento fobia debe ir de la mano de un psicólogo especialista en fobias, no de cualquier aficionado que pretenda aprovecharse de la desesperación de la otra persona.