Los madrileños vivimos en una Comunidad ciertamente pintoresca. Pasen y vean: aquí todo es posible. Florentino Pérez se gasta cien millones de euros en un caprichito futbolero y esa misma cantidad, casualidades de la vida, es la que nos descuenta Montoro de los presupuestos regionales. Aprendí de pequeño que no se puede sumar un número concreto de manzanas con otro de peras, regla fundamental del cálculo matemático que sin embargo me divierte vulnerar en ciertas ocasiones. Prueben ustedes a restar o añadir magnitudes incomparables y se llevarán más de una sorpresa.
Nuestro particular reyezuelo Midas, como si transitara por una dimensión temporal distinta de la nuestra, tan floreciente como su propio nombre, soltó este verano una pasta gansa por un mozalbete galés en calzones y se quedó tan ancho. Florentino Pérez, consagrado por sus acólitos en el altar de la milagrería financiera, convierte en dogma todo lo que dice y en hechos consumados todo lo que ambiciona. Un buen día decidió que Bale era el mejor futbolista del mundo y a partir de ese minuto no hubo nada más que discutir: se abonó lo que Pérez dijo y a otra cosa mariposa.
El buen señor, cegado por la luminaria de su propia estela, sobrevuela la situación crítica por la que atravesamos y contempla desde lo alto un paisaje diferente al que vemos el resto de los mortales. No me extrañaría que Pérez derribara el Bernabéu y se llevara la sociedad deportiva que preside, convertida por él en una franquicia personal, a otro país más próspero y rentable. Sería una operación inmobiliaria más de las muchas que ha perpetrado con el patrimonio histórico del Real Madrid.
Hablando de peras y manzanas, tampoco parece muy saludable que nuestros dirigentes, autonómicos y municipales, vayan por ahí anunciando una rebaja de nuestros impuestos, iniciativa que bien pudiera tacharse de insensata mientras la caja registradora que administran se gaste más de lo que ingresa. Me imagino la carita que se les ha quedado a los Ministros del Gobierno de España, consumidos muchos de ellos por la cicatería de Montoro y expuestos siempre a la indignación popular, después de escuchar las bravuconadas de sus compañeros de Madrid. Es muy posible que se pregunten, como en aquel cuplé que se cantaba en el Café de Chinitas, "de dónde sacan para tanto como destacan".
Deberían explicarnos cómo se proponen hacerlo sin deteriorar aún más los servicios que se prestan a los ciudadanos de Madrid. Abaratar los costos, confiando las obligaciones propias a empresas privadas o reduciéndolas hasta malograrlas irreversiblemente, es la única fórmula que aplican los apóstoles de José María Aznar. Basta con salir de casa cada jornada para comprobar los efectos perversos que tales aplicaciones desatan en el tejido social madrileño.
Aseguran los regidores del PP, justificándose sibilinamente, que donde mejor está el dinero de los contribuyentes es en su propio bolsillo, razonamiento que todos compartiríamos si no fuera tan incierto como maniqueo, ya que el prometido ahorro impositivo incrementará las posibilidades de los que más tienen y no sacará del apuro a los que se buscan la vida cada mañana. Aquellos que puedan financiarse todo lo que necesitan apenas notaran el descuento contributivo, pero los colectivos damnificados por la crisis seguirán denunciando las privaciones que padecen y de nada les valdrá la pequeña limosna que supondrá para ellos el abaratamiento de los impuestos.
Por mi parte sería muy aventurado proclamar aquí que tales prepotencias, públicas y privadas, son la causa del tijeretazo que nuestras autoridades económicas han pegado a la aportación estatal que complementa los ingresos regionales. Aunque no hubiera relación alguna entre lo dicho y su consecuencia más inmediata, no es conveniente presumir de lo que no se tiene. Chulerías, aunque sean tan castizas como las verbenas, las justas.