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La Cibeles, confusa

La Cibeles, confusa

Por Pedro Montoliú
martes 19 de junio de 2007, 00:00h
Actualizado: 10/10/2007 11:36h
Mucha foto, mucha literatura pero a nadie se le ocurre preguntarme qué siento yo. Seré la diosa de la Fecundidad, de la Abundancia, pero a mí no me preguntan ni los agentes de Movilidad. Que un día me quieren rodear de tulipanes o petunias, pues ¡hala! me rodean, que otro me ponen unas vallas pues encerrada me dejan. Hace unas jornadas oí en la radio de un coche que pasaba junto a mí que no iban a dejar que un jugador, al que yo conocí muy jovencito, y que se llama Raúl, volviera a subirse en mis rodillas.  Sabiendo cómo se las gastan algunos cuando se ponen a pensar, me eché a temblar con gran asombro de un turista escocés que al intentar fotografiarme pensó que le había dado un ataque de Parkinson.

 Tal como me lo temía, el día anterior al partido en el que podía ganar ese equipo que viste de blanco y que se llama Real Madrid, se acercó a la plaza que presido una larga grúa. Espero que en las imágenes de televisión y en las muchas fotos que me hicieron en la noche del domingo no se viera la angustia que me embargó cuando vi aquel brazo metálico acercarse a mi espalda. Aquel bamboleo, a pocos centímetros de mi cabeza, de esa estructura metálica que podía arrancarme de cuajo la cabeza que tan bien modeló Francisco Gutiérrez sobre planos de Ventura Rodríguez, tengo que reconocer que me puso muy tensa.

Yo, desde luego, no tengo inconveniente en que me adornen el cuello con una pañoleta, que me pongan junto a las llaves una bandera y, a pesar de que hace ya calor, me coloquen una bufanda. Además, todo hay que decirlo, sentí un cosquilleo muy agradable cuando Raúl me abrazó. Pero la presencia de aquella cesta metálica me impidió disfrutar el momento. Me recordaba con la mano rota y no me hacía ni pizca de gracia perder la cabeza o un brazo. Por eso cuando la operación terminó respiré con ganas. La separación de aquel brazo articulado de mi figura fue el mejor momento del fin de semana.

Luego, como he hecho desde 1782, me limité a contemplar los destrozos de los hinchas, las cargas policiales, los semáforos rotos, las papeleras destrozadas, las plantas pisoteadas, y, al día siguiente, a las cuadrillas de trabajadores levantando lo tirado, sustituyendo lo roto y replantando lo arrancado. Fue entonces cuando aquel hombre se acercó con su uniforme y, sin pedirme permiso, se subió y me arrancó lo que con tanto mimo me había puesto el capitán madridista. Incluso uno de la televisión que allí estaba le preguntó cuando bajaba si le habían ordenado tal cometido a lo que respondió que naturalmente, que él no lo iba a hacer de motu propio.

Lo que no saben muchos es que debió de haber contraorden pues, de nuevo sin grúa -menos mal- otro operario volvió a traer los adornos y me los puso. No puso mucha atención porque me puso la bandera en la otra mano. Quizás alguien pensó que mejor era que estuvieran los símbolos unas horas más que un grupo de exaltados decidiera adornarme a su manera con riesgo de mi persona. Ahora, sólo me queda que venga otro operario cuando las autoridades lo decidan, y me devuelva a mi imagen original.

No entiendo a los madrileños pero eso ya lo he dicho en otras muchas ocasiones como cuando me giraron para que mirara a la Puerta del Sol en vez de hacerlo a mi compañero Neptuno o cuando me taparon con ladrillos y arena mientras ellos se mataban. Afortunadamente lo de ahora, comparado, es una chiquillada. Salvo que pierda la cabeza por la falta de pulso del conductor de una grúa.

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