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¡Salvamos La Princesa!

jueves 15 de noviembre de 2012, 00:00h
Actualizado: 22/11/2012 21:47h
La que se montaría en Vigo si alguien decidiera dejar sin hospital de referencia a toda la ciudad. La escandalera se escucharía en toda España. Pues bien, algo muy parecido se está cocinando en Madrid: convertir en un gigantesco geriátrico el hospital de La Princesa y obligar a 300.000 vecinos de la zona, usuarios tradicionales de tan veterana institución, a buscarse la salud en otros barrios de la capital. Tal decisión supondría también el cierre de departamentos asistenciales punteros en los tratamientos más avanzados, el desmantelameniento de equipos profesionales avezados en la investigación y el cierre de unidades expertas en las cirugías más complicadas y revolucionarias.

Es muy posible que otras luminarias de nuestro firmamento político, ansiosas de lustre partidista, hayan imaginado antes planes tan originales como el que ahora afecta a La Princesa. Les pongo un ejemplo: “podríamos modificar el uso del centro para parapléjicos de Toledo y llevarnos a los tullidos al General de Melilla, así podríamos concentrar a los pensionistas manchegos en la capital comunitaria; deberíamos cerrar todas las maternidades de Castilla y León y habilitar un gran paritorio en Soria, nos ahorraríamos comadronas y pediatras…” Así podrían multiplicarse por doquier las ideas desbaratadoras de lo que hasta ahora iba funcionando. Afortunadamente existen todavía políticos y funcionarios sensatos que archivan tales ocurrencias.

A la modificación funcional de La Princesa, tal y como se ha explicado, le veo yo muchos defectos, aunque no sea un experto en gestión sanitaria. Podría ocurrir que la distribución de los pacientes de La Princesa en otros hospitales distintos y distantes aumentara la masificación en los centros de acogida, algo que agravaría las carencias que soportan ya sanitarios, médicos y enfermos en otros dispensarios. El cambio de sede multiplicaría por otra parte las molestias afrontadas por los trasladados en cada acto médico, obligados como estarían a cambiar de facultativo, desubicarse de las consultas con las que se habían familiarizado y trasladarse, por último, lejos de sus barriadas. Los trastornos y penalidades aumentarían cuando tuvieran que recurrir al servicio de urgencias. No olvidemos que nos referimos a decenas de miles de afectados.

Tampoco me parece una buena idea concentrar la asistencia hospitalaria a los ancianos en un solo punto, por grande y cualificado que sea. Aislar a los viejos de la sociedad donde habitan y clasificarlos por los años cumplidos en una especie de lazareto diseñado para ellos, me parece muy triste.

Los asesores de don Ignacio González saben de sobra cómo evolucionará la ciudadanía madrileña en muy pocos años. La combinación del bajísimo índice de natalidad con una prolongada esperanza de vida provocarán un porcentaje considerable de hombres y mujeres de la tercera edad. Así lo pronostican las estadísticas de población publicadas periódicamente y que están a disposición de quien quiera consultarlas. Sería más lógico, pienso yo, prepararse para afrontar con garantías un futuro que se percibe muy diferente del presente, sobre todo en temas tan fundamentales como las prestaciones sanitarias. El señor Presidente de Madrid debería reclamar evaluaciones de la coyuntura más independientes de las que le proponen sus consejeros y escuchar a los profesionales del sector, también a ciertos compañeros de partidos contrarios a la reforma pretendida, incluida la alcaldesa doña Ana Botella.

Para atender a los mayores, los de hoy y los del mañana, debe dotarse a todos los hospitales madrileños de pabellones preparados para tratar sus achaques, que cuenten además con los especialistas que se precise. Sería mucho más eficaz y razonable. Las negociaciones entre la Consejería de Sanidad con los representantes de los trabajadores del centro van, por el momento, por buen camino. Salvemos entre todos La Princesa.
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