lunes 14 de mayo de 2012, 00:00h
Actualizado: 07/06/2012 14:24h
Ahora que se ha acabado la Liga de fútbol, llega la hora de hacer una reflexión. Desapasionada no; eso es imposible si gusta este deporte. Por un lado, sería conveniente y hasta aconsejable que los clubes celebraran sus respectivos triunfos en sus estadios, que para eso están: para reunir a los seguidores, vitorear sus himnos y agitar sus banderas. Hacerlo en la calle lleva aparejado, por un lado, molestias al resto de población que no desea celebrar pero ve calles principales cortadas al tráfico. Eso, sin contar con la incomodidad de los que no sean forofos de ese equipo, sino de otros. Y sin echar cuentas de los daños a bienes públicos —papeleras, contenedores, marquesinas de autobús, y también jardines y zonas verdes— que se producen en ocasiones. Todo esto se evitaría si la fiesta se hiciera en el campo respectivo de cada cual.
Por otra parte: sería también aconsejable que la fiesta la celebrasen sólo una vez. En apenas diez días, el Real Madrid ha tenido tres festejos: el día 3 se subió a Cibeles; el 13 de mayo hicieron la fiesta en el Bernabéu; y el 14 volvieron a visitar las sedes de los gobiernos regional y local para compartir el título de Liga. Como dice el refrán, lo poco gusta y lo mucho cansa.
Por último: gracias a esa apasionante última jornada de Liga, ha sido posible que muchos entiendan que existe otro fútbol, más allá de los grandes. Que la Liga la juegan otros, además del Real Madrid y el Barcelona. Que hay equipos que se peleaban por evitar el descenso, aficiones que se dejaron la garganta y el corazón apoyando a los suyos —que no son los dos de siempre—. Que hay más fútbol fuera de las estrellas. Y, sobre todo, pudieron comprobar que así, contando con todos y dándole a todos espacio en los medios, es mucho más divertido ser aficionado.