No es “La Loba” (The Little foxes) una obra habitual en la escena española. Regina Hiddens vuelve al María Guerrero para estar hasta el 10 de junio. Gerardo Vera, con la versión de Ernesto Caballero, no arriesga nada en la puesta en escena.
No es “La Loba” (The Little foxes) una obra habitual en la escena española. Seguramente muchos directores interesados no se atrevieron a montarla teniendo el precedente de la versión cinematográfica protagonizada en 1941 por Bette Davis. No obstante, en 1957, el director Claudio de la Torre la presentó en el María Guerrero con el título de “Como buenos hermanos”. Elvira Noriega encarnó a Regina. De aquel reparto solo sobrevive Victoria Rodríguez. Tendrían que pasar casi cuarenta años para que González Vergel la llevará al Marquina con Marisa de Leza, tras la retirada de María Jesús Valdés.
Vuelve Regina Hiddens al María

Guerrero para estar hasta el 10 de junio. Gerardo Vera, con la versión de Ernesto Caballero, no arriesga nada en la puesta en escena. Este es un tipo de teatro que solo tiene algo de credibilidad si se hace al viejo estilo: escenografía ampulosa, vestuario lujoso, interpretación declamatoria y una “diva” como protagonista.
Ya en el estreno primitivo, Alfredo Marqueríe afirmaba que la obra “adolece de los defectos del folletín y del melodrama”. Medio siglo más tarde se confirman estos defectos. La obra es un melodrama al estilo de los que ofrecía la SER en sus famosos seriales. Y no es que la capacidad depredadora de los hermanos Hidden no sea plenamente actual. Que su inmoralidad a la hora de engañar a los más desfavorecidos no siga existiendo entre banqueros y empresarios. Es que el drama gira en torno a las maniobras de Regina para escapar de su entorno rural, de infiltrarse en la alta sociedad a costa de lo que sea. También existen hoy cientos de reginas que venden su alma al diablo por estar diez minutos en un plató de televisión. Ahora, que sean tan crueles como La Loba… Porque Regina no tiene ningún escrúpulo en casarse con un hombre poderoso, con descuidarlo después porque no le da lo que buscaba, porque puede vender a su joven hija para sellar contratos. La Loba es una mala de manual folletinesco. Y el actual montaje no le resta ni una perrería.
Pero a esta loba de Nuria Espert parece que le quedan pocos colmillos y no demasiado afilados. La participación de la actriz responde a esa idea del teatro que apuntábamos al principio. A una época en la que no importaba que la edad del intérprete se alejara décadas de la de su personaje. Cuando la adolescente Doña Inés la hacían actrices de cincuenta años y el juvenil Tenorio ancianos de setenta. La Espert tiene muchos recursos interpretativos para solventar su diferencia de edad con Regina. No hace, por ello, una exhibición explosiva de maldad. Su crueldad se presenta en sordina, hacia adentro. No hay peleas a gritos entre el matrimonio. Solo ataques verbales demoledores. Y es que no parece que a esta mujer ambiciosa le queden muchas oportunidades de disfrutar de la gran vida que ansía. Tenemos la impresión de que le queda un cuarto de hora para seguir el camino de su anciano marido. Las subidas y bajadas por la gran escalera son demoledoras. No hay soberbia y decisión cuando las sube esa Regina, sino cansancio y fracaso. Quedan grandes escenas, como el cara a cara con el marido agonizante. O el dominio de la situación cuando los hermanos varones se creen ganadores.
Para arropar a la actriz ha sido necesario elevar la edad del resto del reparto. Y también se nota en distorsiones que no son achacables a los méritos interpretativos de los actores. Es que no resultan muy creíbles. Héctor Colomé y Jeannine Mestre quedan por encima de los demás que, no obstante, hacen un trabajo muy meritorio.
La Loba es un espectáculo curioso que se sigue con interés desde el momento en que entras en la convención actoral. La versión es clara y concisa. Prefiere despejar las situaciones del drama a centrarse en el carácter de los personajes secundarios. Son dos horas de un teatro muy bien presentado, que conviene ver de cuando en cuando para recordar cómo se hacían las cosas antes