Hay infinidad de artilugios cotidianos que caen en el olvido y con el paso del tiempo adquieren un valor desorbitado. Carlos Jiménez comenzó recogiendo aquellos objetos que se encontraba en los cines y que no despertaban el interés de nadie. Cuarenta y cinco años después ha conseguido tener su propio museo.
La pasión de Carlos Jiménez por el cine empieza sin que él se de cuenta. Su padre se dedicaba a ir por los pueblos realizando proyecciones de películas, con ocho años Carlos lo acompañaba y le ayudaba en sus labores. El joven niño se entretenía jugando en las cabinas de los cines que visitaba, recogiendo todos los trastos que nadie quería por aquel entonces.
Así fue alimentándose su pasión,
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“jugando, sin darme cuenta”, recuerda. “Nada ha sido premeditado, han sido una cadena de acontecimientos los que me han traído hasta aquí”, a tener una colección personal digna de un museo. Nadie lo diría teniendo en cuenta que las piezas expuestas en el Cine París forman tan
sólo una cuarta parte de toda su colección de objetos cinematográficos.
El antiguo Cine París, situado en la localidad madrileña de Villarejo de Salvanés, alberga desde hace unos meses el primer
Museo de Cine Profesional y Tecnológico de España, colección Carlos Jiménez. Una superficie de más de mil metros cuadrados en la que se pueden recorrer los más de cien años de evolución del séptimo arte, desde la etapa precinematográfica hasta los proyectores más modernos.
Este madrileño se siente orgulloso de todos los objetos que posee ya que, además del trabajo que le ha costado conseguirlos, todos tienen una historia detrás. La pieza a la que más cariño le tiene no es la mayor joya, sino una de las primeras que recopiló en su infancia: “No es que sea una pieza excepcional, pero personalmente es la de mayor sentimiento”.
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Emociones a un lado, el objeto más valioso de la colección es
un puesto de proyección completo con el que se estrenó El cantor de Jazz en 1927. En ese año los estudios Warner Bros se encontraban en una situación económica lamentable y decidieron apostar por integrar el sonido en las películas, a través del sonido gramofónico. Por eso es una de las piezas más valiosas del museo y una de las que más trabajo le ha costado conseguir, puesto que la persona que la tenía en su poder conocía bien el valor histórico y económico de la cabina.
El museo a simple vista parece estar completo, pero la opinión de Carlos es muy diferente: “A un coleccionista siempre le faltan muchas piezas y todas importantes, porque da la casualidad de que
la pieza más importante es la que no se tiene”. Todo el material expuesto en el Cine París -quinientos proyectores, más de veintidós mil afiches y miles de piezas complementarias- ha perdido parte de su encanto para este madrileño, que opina que “lo que cuenta son todas esas otras miles de piezas que no tenemos y que queremos conseguir”.
El trabajo de recopilación de material ha
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sido una auténtica aventura. Este ávido coleccionista ha reunido piezas y aparatos de más de ciento cincuenta cines de toda España que han dejado de funcionar. Buscar la maquinaria, negociar con el propietario, desplazarse para conseguir la pieza, desmontarla, moverla, restaurarla, guardarla…“Es una tarea enorme, pero se ha hecho con mucho gusto y cuando una cosa se hace con gusto no cuesta tanto trabajo”.
Ha habido ocasiones en las que este apasionado coleccionista de cine ha recorrido miles de kilómetros para encontrarse con una pieza prometida que resultó no ser lo que le habían dicho. Carlos recuerda especialmente una ocasión en la que reunieron a una familia en la que
"ninguno de los miembros se hablaba entre sí” sólo para poder negociar con ellos la venta de una máquina de cine.
La idea de utilizar su colección personal para crear un museo surge hace unos doce años, pero no es hasta hace siete cuando se da el primer paso. En un principio
el museo se iba a ubicar en la Ciudad de la Imagen de Madrid, en un edificio de nueva construcción, pero la llegada de la crisis hizo que el panorama económico cambiase por completo y que se dejasen de conceder ayudas.
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Carlos quiere dejar claro que el proyecto ha salido adelante “por una cuestión de amor propio”. A pesar de no tener ayuda económica no se dio por vencido y decidió aprovechar un antiguo cine de los años sesenta para establecer allí su proyecto. Comenta que al principio recibieron algún pequeño impulso económico para ordenadores y material de oficina pero que en la actualidad
"la única fuente de financiación del museo son las entradas que cobramos”.
La ilusión de Carlos Jiménez es recrear “las cabinas según las hemos encontrado, con todos sus accesorios”, pero para ello necesita una superficie muchísimo mayor y una financiación de la que no dispone y que no sabe si llegará algún día.
“Tenemos material más que suficiente para hacer otro museo", reconoce, pero hasta que llegue el momento seguirá al cargo de su magnífica colección que cautivará a quienes la visiten.