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Crítica teatral.- Purgatorio: Medea en el diván

Crítica teatral.- Purgatorio: Medea en el diván

sábado 05 de noviembre de 2011, 00:00h
Actualizado: 07/11/2011 14:56h
La hechicera Medea, trastornada por los celos ante el abandono de Jason,
asesina a los dos hijos de la pareja. Y, no contenta con esta venganza
cruel, termina también con la vida de Glauca, la nueva novia de Jason. El
mito griego sube a la escena de todo el mundo con regularidad. Y ahora
Ariel Dorfman lo toma para su drama “Purgatorio”. Somete a la pareja, sin
nombrarlos por supuesto, a un encuentro tras la muerte con el fin de lograr
su arrepentimiento, su redención.

“Purgatorio” es un larguísimo enfrentamiento a dos cuyo interés no
alcanzamos a entender. Es universal la diferencia entre géneros, la maldad,
la sed de venganza, el asesinato… ¿Por qué Dorfman elige el mito como
referencia? ¿Por qué reitera diálogos y situaciones que quedan claros desde
la primera escena? Tal vez para proporcionar material dramático a los dos
intérpretes.

Los personajes reflexionan sobre sus relaciones, intentan perdonarse, pero no llegan a ninguna conclusión. Por eso su salida del purgatorio parece difícil mientras no alcancen el perdón definitivo. Están atrapados en esa metafórica cinta sin fin de Moebius que ilustra el cartel de la función. Todo muy intenso, con esa profundidad que solo saben excavar los argentinos cuando se ponen densísimos.

De este autor se ha representado en España con alguna frecuencia “La
muerte y la doncella”. Y hace dos años Eusebio Lázaro y Charo López
pusieron en escena “El otro lado”. Esta nueva obra, que se puede ver
hasta el 18 de diciembre, llega con el atractivo de ver en teatro a la estrella
del cine Viggo Mortensen. Junto a él Carme Elías, el elemento de mayor
calidad de esta propuesta. La actriz domina como pocas el escenario, sabe
colocar la voz, graduar la intensidad del drama y hacer creíble casi cualquier
escena. Carme Elías está muy por encima de su compañero y hasta del
texto.

Hay que agradecer a Mortensen que se meta en una pequeña sala, la dos
del Matadero, con apenas doscientas localidades de aforo. Así el espectador
tiene una gran cercanía con el actor, hasta ahora visto solo en la gran
pantalla. Pero, más allá de este atractivo para mitómanos, no se va a
encontrar con un trabajo interpretativo deslumbrante. Mortensen realiza
una extraña composición corporal, encogiéndose constantemente, con una
gestualidad próxima al teatro de aficionados, brazos en jarras incluídos. No
posee en vivo el brillo de los grandes astros. Esa luz especial se la he visto
en escena a Pacino en “El mercader de Venecia”, a Kathleen Turner en “El
Graduado”, a Jude Law en “Los padres terribles” y hasta al joven Daniel
Radcliffe en “Equus”. Este montaje, muy bien resuelto escenográficamente,
permitiría a los actores mostrar una gran intensidad pero, tal vez, acaban
aplastados por un texto ligeramente plúmbeo. Una pena.
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