domingo 03 de octubre de 2010, 00:00h
Actualizado: 11/10/2010 17:22h
La militancia socialista madrileña ha hablado. Y lo ha hecho alto y claro, y sin hacer caso a su dirección federal. Llevan más de un mes escuchando consignas bastante directas: la opción de Trinidad Jiménez es mejor; la única con posibilidades reales de ganar a Esperanza Aguirre es Trinidad Jiménez; si quieres votar de forma responsable, debes apoyar a Trinidad Jiménez; la candidatura de Tomás es buena, pero la de Trini es muy buena... Con mayor o menor sutileza, el mensaje era claro. Pero las bases no lo han querido escuchar. O tienen sus propias ideas al respecto.
Tal vez opinen que ya está bien de recibir órdenes de arriba. Tal vez se hayan cansado de que sea en los despachos de Ferraz donde se decida quién encabeza los carteles del PSOE, estrellándose elección tras elección con sus paracaidistas. Quizá les ha convencido el mensaje de Tomás, un perfecto desconocido para el gran público hasta el pasado mes de agosto, pero que desde entonces se ha conseguido la mejor campaña de publicidad de la historia política de este país, y encima gratis.
Ha resultado, a tenor de los votos, que la fuerza de Zapatero y su aparato no es tan grande; que la “vieja guardia” continúa pesando mucho; que el Partido Socialista de Madrid sigue siendo un reducto de rebeldes con muchas causas pendientes; que las encuestas les convencen poco o muy poco; y que apuestan por alguien que ha sido capaz, en seis semanas, de convertirse en el abanderado de un nuevo socialismo que aún no se sabe si será germen de algo o simple pompa de jabón. Cuestión aparte será que alguien explique cómo es posible que un partido como el PSOE, con más de un millón de votantes en la Comunidad Autónoma de Madrid en las últimas elecciones autonómicas, apenas tenga 20.000 militantes. Pero esa historia deberá ser contada en otra ocasión. Ahora falta por conocer el final del cuento de David y Goliat: el relato bíblico se queda en el momento en que, gracias a su honda, el pastor consigue derribar al gigante. ¿Pero qué pasó después? La solución, en ocho meses.