Los relojes marcaban horas nocturnas pero el sol no terminaba de irse a dormir. Sus últimos rayos desaparecían alrededor de las 22.00 horas de este miércoles. Aún así, la oscuridad no llegaba. Luces encendidas en las casas y en la calle presagiaban que la noche iba a ser larga. Es decir, corta. De hecho, la más corta del año. La noche de San Juan.
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Cientos de madrileños se echaban a la calle y avisaban a sus parientes que llegarían tarde a dormir. Había que celebrar el trinfo del sol y potenciar su energía benefactora, que trae el verano y los frutos de las plantas, y hace más corto el reino de las tinieblas. En la capital, comenzaban los festejos en el barrio de Bilbao, en San Blas, en el de San Juan Bautista, en Ciudad Lineal, y en el parque de la Cornisa, en Centro. Sin embargo, los más expertos aseguran que es la fiesta de La Elipa, en el barrio de Ventas, la más importante de Madrid.
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300 personas se acercaban a las canchas de baloncesto junto al cementerio de La Almudena. Un dragón de madera, símbolo del barrio, coronaba una pila de maderos. Los miembros de la asociación de vecinos de la Nueva Elipa había puesto música, bocadillos y refrescos para amenizar la espera del momento clave. Policía Municipal y Bomberos (con su camión decorado de denuncias al Ayuntamiento por sus carencias de material) controlaban que nada se desmadrase.
El aliento del dragón
Unos latinoamericanos echaron al fuego muñecos de Hugo Chávez y Álvaro Uribe como demanda de nuevos y mejores políticos. Los escolares tiraban sus libros y cuadernos, ya que al día siguiente terminaban las clases. Todos escribían deseos en papeles y los echaban a la pila para ver si el fuego purificador respondía a sus plegarias. Trabajo, salud y amor eran sus peticiones más habituales. El rito solar prerromano se había convertido en un consultorio de los deseos.
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A medianoche, los bomberos echaron gasolina al conjunto y comenzó a sonar 'The final countdown' del grupo sueco 'Europe'. Todo el público se congregó alrededor de la pila de madera. La luna casi llena lucía en un cielo sin nubes. El público quedó en silencio. La noche se llenó de magia. Seguro que las almas se subieron a la tapia del cementerio para observar lo que pasaba.
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El reguero de combustible fue incendiado y el fuego engulló el dragón. Poco después de que el animal mitológico exhalase su último aliento, jóvenes y no tan jóvenes (todos chicos) comenzaban a saltar el fuego, dejándose barbas, perillas y cejas por el camino. Cada salto se rubricaba con gritos de miedo y un aplauso. Algún niño lloraba de emoción. Habían olvidado el significado de la fiesta, pero no su espíritu: dar gracias por el buen tiempo y disfrutar de la naturaleza. La hoguera se apagó pero la fiesta del fuego siguió hasta bien entrada la madrugada. El sol regresaba poco después para quedarse. Había llegado el verano.