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Cómico de la legua

Cómico de la legua

domingo 31 de enero de 2010, 00:00h
Actualizado: 01/02/2010 17:01h
El 28 de agosto de 2009 se estrenó en el teatro Muñoz Seca de Madrid una nueva versión de “El médico a palos”. En el programa de mano figuraba una línea: Oliver Romero, Valerio.
Prácticamente a ningún espectador le decía nada esta nota del reparto. Pero sí a María Ángeles Torres y José Luis Romero, los padres de Oliver. Para ellos, cómicos de la legua, actores de la lona durante toda su vida, era un orgullo ver cómo uno de los suyos lograba, por fin, actuar en un teatro de Madrid, en un teatro de la Capital. José Luis Romero, el padre, ha podido disfrutar poco de esa satisfacción porque ha muerto el 30 de enero víctima del cáncer a los sesenta años.

En los últimos meses los medios de comunicación hemos dedicado mucho tiempo y espacio a glosar grandes figuras desaparecidas, como López Vázquez, Fernando Delgado o Mary Carrillo. Ellos triunfaron y siempre han sido noticia. Hoy quiero dedicar estas líneas a quienes, como José Luis Romero, no figuraron en las cabeceras de los repartos ni vieron sus fotos en primera plana. Pero sí dedicaron sus vidas al teatro.

No quiero referirme a estos cómicos con adjetivos románticos. Su lucha por la supervivencia haciendo, casi, lo único que han sabido desde hace más de cien años, no tiene nada de romántica y sí de épica. ElDorado para estas familias era Madrid, con sus teatros de paredes sólidas, con camerinos que tienen lavabos y bombillas alrededor de los espejos.

La saga de cómicos a la que pertenecía Romero nació con el matrimonio de José Antonio González, un profesor de literatura en Almendralejo, y de Antonia Lechón artista por su familia. El profesor se enamoró de la intérprete y, a pesar de la oposición de los padres, se unió a ella formando la primera compañía itinerante de la familia. De sus seis hijos Aurora González se casó con Luis Romero Gaona y fundaron el Teatro Itinerante Benavente.
Finalmente, en esta complicada saga, el recientemente fallecido José Luis Romero y su esposa María Ángeles montaron su propia compañía, Candilejas, con la que llevaban más de quince años actuando por toda España.

Quedan pocos de estos cómicos amorosamente retratados por Fernán Gómez en su “Viaje a ninguna parte”. No hay sitio para ellos ni en los descampados de las grandes poblaciones ni en los teatros de fábrica. Oliver Romero ha conseguido entrar en Madrid y, quizá, su desaparecido padre le recordó cómo, un siglo atrás, su lejano antecesor El Papindo había logrado también un día actuar en la capital española.
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