viernes 08 de enero de 2010, 00:00h
Actualizado: 14/01/2010 02:58h
Hay una cosa que no entiendo en la negativa del gobierno regional a los ordenadores portátiles del programa Escuela 2.0 que con tanto bombo y sobre todo tanto platillo vendió en su día el presidente del gobierno Rodríguez Zapatero. Y lo que no entiendo es la justificación de la Comunidad de Madrid para dejar de recibir esa dotación que rondaría los 12 millones de euros y supondría unos 50.000 ordenadores para los alumnos de 5º de Primaria de la región. La Consejería de Educación que dirige Lucía Figar, aunque me consta que es más una decisión de la Puerta del Sol que de Alcalá 32, ha dicho que no quiere los portátiles porque el tamaño de las pantallas, según algunos expertos, es desaconsejable por suponer un riesgo para la salud visual. Vamos: que son pantallas pequeñas del tipo “no se ve tres en un burro” y claro, la salud ocular de nuestros pequeños bien merece un NO.
Sin entrar a valorar la cuestión del tamaño, que siempre tiene muy mala prensa y que obviamente sí que importa tanto en los ordenadores como en otros ámbitos de la vida más íntimos, cuesta mucho tener que explicar las razones por las que se deja pasar de largo una inversión de 12 millones de euros con la que está cayendo (Expresión “la que está cayendo”. Véase: “crisis”). Y lo más duro de explicar es que si rechazamos los ordenadores portátiles por muy pequeños que sean – que seguramente lo son - habrá que rechazar e incluso prohibir también las consolas de juegos del tipo Nintendo Dsi o la PSP o el resto de pantallitas, mucho más pequeñas, y que prácticamente todo niño madrileño viviente tiene una media de 20 horas a la semana delante de sus ojos, en el mejor de los casos.
Entonces: como hemos llegado a la conclusión, por mucho que le duela a algunos padres, de que no se pueden prohibir las consolas de videojuegos, tampoco habría que prohibir los mini ordenadores portátiles. Ergo: la negativa es una pataleta política que muy poco tiene que ver con la educación y más tiene que ver con lo de siempre: que lo que uno propone al otro no le vale y viceversa. Así que como casi siempre los paganos y los ‘pringaos’ de todo esto serán los madrileños. Los que sin comerlo, ni beberlo, e incluso sin verlo, verán pasar por delante de sus narices unos ordenadores del tipo “me verás, pero no me catarás”. Un niño de Azuqueca de Henares lo tendrá, y uno de Madrid no. Si para proteger la visión hay que tener esta visión de futuro, que venga Dios y lo vea. Aunque sea con gafas.