martes 15 de diciembre de 2009, 00:00h
Actualizado: 21/12/2009 16:15h
También hay que dejar claro que la nevada de este lunes no fue ni mucho menos parecida a la del 9 de enero de este mismo año, aquel día en el que cayó la mundial. Pero tenemos ese consuelo: esta vez, en los últimos días del otoño, la tormenta, el temporal o la nevada, no nos ha pillado tan desprevenidos y las previsiones funcionaron algo mejor. Es de lo que se trata: si tenemos servicios de meteorología, y máquinas, y efectivos, la idea es que todos se coordinen y funcionen para que una circunvalación no se convierta en una ratonera de la que los ratones son los sufridos conductores madrileños.
Como decía la ex ministra Magdalena Álvarez cuando se ponía repipi “la nieves es muy bonita y todo me parecía precioso”. Pero la nieve es bonita y preciosa cuando no tienes que luchar con ella. Cuando no te deja ir a trabajar o a estudiar, cuando te bloquea en el mismo kilómetro durante la misma mañana, o cuando se convierte en un riesgo para la circulación deja de ser bonita y preciosa y se convierte en un peligro que no hay por que asumir como si fuera normal. ¡Claro que Madrid no es Cabo Norte! Pero precisamente por eso los madrileños no tienen que resignarse y aceptar como bueno que, ya que aquí no nieva mucho, cuando lo haga hay que sufrirlo con dignidad y como las hemorroides: en silencio.
Lo curioso de la nevada de este lunes es que ha nevado donde no suele hacerlo, y donde suele hacerlo no ha nevado. En la sierra la nieve la han visto en fotos: frío y hielo un montón, pero nieve para desgracia de los responsables y hosteleros de las estaciones de esquí más bien poquilla, poquilla. Y sin embargo Aranjuez se convirtió en tundra, el Tajo en Volga, y todo el sureste en Siberia de andar por casa con problemas serios en carreteras no principales.
Y luego nos queda el gran clásico: suenan muy simpáticas dos recomendaciones de las autoridades, en este caso del ayuntamiento de Madrid. Una de ellas es “dejen el coche en casa y opten por el transporte público”. Eso lo hará, el que pueda. El que no pueda, sale de casa con cara de cochino camino del matadero. Sabe que le va a tocar. Y la otra recomendación es la de “lleven las cadenas”. Igual suena muy feo, pero quizá habría que añadir “y aprendan a ponerlas”. Llevar cadenas y no saber instalarlas es como el que tiene un tío en Alcalá. En realidad, no tiene “ná”. Siempre le quedarán las fundas de saco esas que se han puesto de moda. Pero de verdad: si somos capaces de llevar a un ser humano a la luna, tampoco puede costar tanto aprender a poner unas cadenas. Y se lo dice uno que aprendió a palos.