Por
Rafael Martínez-Simancas
miércoles 02 de diciembre de 2009, 00:00h
Actualizado: 07/12/2009 08:46h
Antes de que Hollywood aplicara los efectos especiales para dar color a historias como “Matrix”, el cine español se inventó el ketchup a mogollón para señalar los cuellos de las chicas que mordía Drácula. Era todo más cutre pero a base de mover el zoom de la cámara la gente callaba en el cine como si hubiera visto una aparición. El “monstruo” era Paul Naschy, nacido Jacinto Molina y convertido a transilvano por el rito del cine español. Pero una vez quitado el maquillaje era un señor más bien callado, culto y escritor de guiones.
Aquí se le entendió mal porque éramos más de monstruos importados, será porque los monstruos conocidos no nos producen miedo sino sentimiento de familiaridad; en cambio en Japón era un ídolo porque sabía poner esa cara de hombre lobo que se transforma cuando sale la Luna. Será también porque meter miedo en España es muy difícil, a menos que seas empresario o banquero. Será porque las víctimas de Naschy eran unas jóvenes estupendas a las que, naturalmente, daban ganas de morder en el cuello aunque no tuvieras aprobado primero de Draculinologia, por lo tanto lo que Naschy hacía era algo que nos parecía normal. Así que levante la mano el que no haya ensayado su mirada de impiedad frente a un espejo, (serán los mismos que han gritado alguna vez como Tarzán).
Hacer terror está muy complicado porque la crisis, los piratas que secuestran y los políticos que se pelean, también acojonan lo suyo. Y las zanjas del alcalde de Madrid también acojonan lo suyo por lo que tienen de invitación a la puerta del infierno. Es por eso por lo que hay que apreciar con mayor motivo el trabajo de Jacinto Molina que, al contrario del resto de actores, nunca le importó que le sacaran “feo” en la pantalla.
Le dieron la Medalla de Oro de Bellas Artes, pura contrariedad administrativa puesto que premiar como “bella” la obra de alguien que se hizo famoso por ser un monstruo no tiene sentido. Eso sí, arte tuvo y mucho. Por su culpa los de turismo rumano se tienen que esforzar por decirnos que no hace falta meter una estaca en el equipaje para dar un paseo por la ruta de los castillos de Drácula.
Sus fans y amigos ruegan un aullido seco a la luna llena.