A veces percibimos la incoherencia de una sociedad en la que la mayoría de sus gentes quieren permanecer siempre jóvenes y sin embargo se acortan los tiempos de infancia, se les aporta información de adultos, responsabilidades que no les son propias, utilización continuada en el mundo del espectáculo, hay que tener mucho cuidado de que no se les robe la infancia.
La intervención de los niños en publicidad para temas que no les son propios, en programas de televisión, en las pasarelas va en aumento. Supone una actividad laboral que ocupa en la mayoría de los casos mucho tiempo de los niños o jóvenes, restándoselo de sus actividades de aprendizaje o de diversión, impiden la formación del menor, dañan sus expectativas futuras e interfieren en su evolución psíquica y ocasionalmente física.
Siendo Defensor del Menor, la gran actriz Lola Herrera denunció que había dos niños en la serie que grababa en ese momento, cobraban 70.000 pesetas al mes, uno de ellos minutos antes de empezar a grabar exigía unas zapatillas de marca. Tenían profesores particulares durante todo el día porque las grabaciones duraban muchísimas horas. Nos pareció que aquello no debía ser así, hablamos con sindicatos, con productores de la serie, y todos estuvieron de acuerdo en modificar la situación. Grabarían en menos horas, con un horario determinado las distintas actuaciones sin seguir el orden que marcara el guión. El sueldo sería menor.
Los que menos importancia dieron al caso fueron los padres.
Vemos niños “estrellas” vestidos de adultos, que bailan como adultos, que se comportan como adultos.... Hay niñas que son vestidas, pintadas, disfrazadas de adultas, sí pero de cuasi furcias, o de sex-symbols. Ya describió Vladimir Nabokov en su novela “Lolita” esta tragedia que da nombre al síndrome, a la perversión pedófila que deviene en explotar el atractivo sexual de una niña aún impúber. Las “Lolitas” son niñas de menos de doce años que carecen de senos y a las que no les ha llegado la regla.
Terrible que esas niñas disfruten llamando la atención.¿Qué hay detrás de los concursos de belleza infantil que incitan a esta morbosa manipulación?, ¿Qué esconden los padres o padrastros; qué ocultan o callan las madres? Hablamos de una tragedia, de una ruptura manifiesta de la inocencia y la sencillez de la niñez.
No podemos obviar las enfermedades de “moda” y son graves, nos referimos por ejemplo a la anorexia, a esta muestra contumaz en muchos anuncios y pasarelas de modelos esqueléticos que conlleva que niñas de nueve años estén a régimen.
La preocupación por el cuerpo y por el peso puede llegar a convertirse en una obsesión por adelgazar, más en las chicas a partir de los 14 años. Los intereses económicos (la publicidad que utiliza a los niños como objetos consumidores) pueden dañar el equilibrio emocional de los pequeños. Hoy el trabajo infantil en los países desarrollados no se ciñe como en otros a bajar a las minas, a trabajar en las ladrilleras, a tejer alfombras, a prostituirse, sino que adopta otras formas cuales son los continuos castings, la utilización en pasarelas de moda, la explotación en series de televisión, que ilusionan sobremanera al niño haciéndole abandonar el esfuerzo por el aprendizaje diario sin prepararle para las seguras frustraciones futuras.
Tanto el Ministerio Fiscal como la Inspección de Trabajo y Educativa habrán de garantizar que las actividades de los niños no van en contra de sus propios intereses. El criterio de “yo educo a mis hijos como quiero”, propio de un pensamiento de patria potestad obsoleto, egoísta e injusto, ha de dar paso a un “nosotros educamos a nuestros hijos con afecto y según los criterios establecidos por el conjunto de la sociedad como no lesivos para los pequeños”. La edad de la infancia debe ser respetada como tal, ello no es óbice para que participe puntualmente en alguna actividad pero no como central o prioritaria.
Javier Urra es Psicólogo de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Madrid. Patrono de UNICEF