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OPINIÓN

Del metal al nuevo dinero: las criptomonedas

martes 11 de mayo de 2021, 07:36h

La entrada en escena de las criptomonedas ha llevado a importantes incertidumbres sobre su valor, utilidad como dinero y cualidades como inversión. En primer lugar, nos asalta la duda de si pueden funcionar como dinero común, y para ello tenemos que conocer las cualidades del dinero.

Nos resulta difícil concebir una economía que no tenga un medio de intercambio común y generalmente aceptado. Admitimos los “papelitos” que llamamos dinero porque confiamos en que también otras personas harán lo mismo. Todas le atribuyen valor al dinero porque, según la experiencia, lo ha tenido antes. Desde cierto punto de vista, esto es una ficción, pero una ficción firmemente asentada.

Inicialmente, podemos acudir a una definición general de dinero: “es cualquier medio comúnmente aceptado como pago a cambio de bienes y servicios… y aceptado, no a título de género consumible, sino como algo que representa un depósito temporal de capacidad adquisitiva, utilizable para adquirir otros bienes y servicios.” (Friedman, 1992).

Durante la historia, ha habido un conjunto de artículos extraordinariamente diversos que se han utilizado como dinero. La palabra “pecuniario” proviene del latín pecus (oveja en castellano), y viene a recordar que en algún momento del tiempo esta modalidad de ganado sirvió como moneda. También podemos mencionar el dinero de sal (de ahí proviene el término “salario”), las pieles, el tabaco, las conchas, los metales – el oro, la plata, el cobre, el hierro o el estaño- y, especialmente, el papel moneda.

En principio, se utilizaron como moneda activos que tenían un cierto valor intrínseco; por ejemplo, se intercambiaba un pedazo de metal (susceptible de convertirse en una herramienta) por una oveja (que proporcionaba también utilidad: lana, carne, etc.). Los metales se configuraron como la moneda más utilizada y, además se acuñaban con la efigie de la autoridad correspondiente, lo que les confería un marchamo de validez, a la vez que –para sus emisores suponía la difusión de un indicativo de su poder, junto con una fuente de ingresos-. El dinero se configura como una formidable invención, que con su carácter pluripotencial permite facilitar los intercambios, acumular valor y avanzar en la especialización del trabajo. Las monedas fueron una invención social, aunque los estados tienen actualmente el monopolio de emisión de las mismas, pero lo deben gestionar correctamente porque, si no es así, la sociedad las rechaza.

Para que un activo sea idóneo para utilizarse como moneda, debería tener una serie de características:

- Durabilidad: el material debe ser resistente al uso y al paso del tiempo.

- Dificultad de falsificación.

- Homogeneidad: debe tener características estables de forma, color, peso, etc., para evitar confusiones y falsificaciones.

- Limitación: la cantidad de monedas no puede ser de ilimitada disponibilidad, porque la moneda perdería su valor. Por ejemplo, las piedras comunes no son adecuadas, porque se consiguen de forma ilimitada y con facilidad.

- Fácil transporte: para que las monedas puedan ser trasladadas de un lugar a otro sin costos ni limitaciones importantes.

- Divisibilidad: Debe poder utilizarse como unidad de medida; tener múltiplos y sub-múltiplos permite operaciones de intercambio.

- El tamaño y el peso deben ser relativamente pequeños en relación con su valor: para facilitar las transacciones.

El valor intrínseco del activo, su utilidad para ser empleado por el tenedor del dinero, no está entre las características del dinero. Aunque en algunos casos (café, ganado, sal, etc) el activo tenía cierta utilidad para su tenedor, vemos que en la actualidad, y de forma generalizada, esto no ocurre: el papel en el que se imprime el dinero tiene un valor ínfimo frente al valor facial que representa, y lo mismo ocurre con el valor del metal de las monedas que utilizamos. No es necesario que el activo tenga valor intrínseco para ser utilizado como dinero.

Incluso en el caso del oro, es muy apreciado como activo refugio frente a ciertas situaciones -como una alta inflación- y se ha utilizado de forma generalizada como moneda internacional durante la mayor parte de la historia de la humanidad. No obstante, el valor del oro es casi exclusivamente ornamental, siendo su utilidad –por ejemplo- en aplicaciones industriales muy pequeña. El oro es el claro ejemplo de un activo aceptado por todo el mundo como moneda y con muy poca utilidad práctica.

Históricamente, el oro, valorado consensuadamente como moneda internacional, pasó a ser el respaldo del papel moneda (los billetes representaban un certificado de un depósito en oro realizado en el banco emisor del billete); se implanta así el patrón oro en el siglo XIX y continúa, imponiéndose el oro a otros metales, y de forma azarosa y discontinua hasta 1971, cuando se suspende la convertibilidad del dólar a oro. Esto supuso el abandono del patrón oro, con lo que las monedas perdieron el respaldo de ese metal.

Entonces, nos preguntamos ¿qué respalda ahora el valor de nuestras monedas? Pues dos cosas: en primer lugar, la capacidad de producción del país que las emite, y la confianza en que esa creación de riqueza va a continuar; en segundo lugar, el cumplimiento de una serie de normas y compromisos por parte del banco que emite la moneda, que permiten que funcione como moneda.

Como se ve, la aproximación al concepto de dinero no resulta tan sencilla. Sin embargo, a nivel práctico, lo más útil es hacerlo a través de sus funciones:

1- Medio de pago: el dinero es el instrumento que se usa habitualmente en los intercambios. Esta función hace innecesaria la coincidencia entre los deseos de los individuos (como ocurre en el trueque), porque éstos aceptan recibir dinero a cambio de los bienes, confiando en que podrán cambiarlo por otros bienes. La propiedad fundamental del dinero es su aceptación general, que deriva de la confianza de los individuos –asentada por su uso- y la costumbre, más que de su valor intrínseco (que no tiene ni por qué existir) o de la obligación impuesta por la ley de aceptarlo en función de su valor nominal.

2- Depósito de valor: el dinero mantiene el valor en el tiempo, lo que permite su uso para pagos futuros. Hay otros bienes que se pueden utilizar como depósito de valor, pero solamente el dinero – además- es medio de pago.

3- Unidad de cuenta: el dinero resuelve el problema que se presenta en los intercambios por la multiplicidad de los precios relativos, sirviendo como patrón para relacionar los valores de los distintos bienes.

4- Unidad de pagos diferidos: esta función permite al dinero usarse en transacciones a largo plazo, y los individuos pueden así distribuir mejor sus gastos con las transferencias de renta en el tiempo. Esta función facilita de forma muy eficiente dos actividades fundamentales en la sociedad moderna: el ahorro y la concesión de préstamos (donde se determina de forma precisa la cantidad de dinero que hay que devolver en el futuro).

Todas estas características y funciones deben ser cumplidas por un activo para poder funcionar como dinero, y las criptomonedas han sido diseñadas para ser dinero.

Efectivamente, en enero de 2009, Satoshi Nakamoto, un seudónimo sobre el que no se conoce mucho más, creó la red Bitcoin. Para ello registró el primer bloque, que ofrecía monedas a usuarios que resolvieran una serie de algoritmos matemáticos para hacerse con los primeros bitcoins. Aparecía entonces un sistema de pago descentralizado sin intermediarios y sin ninguna supervisión de las autoridades. Por otro lado, no se sabía qué mecanismos de control tenía la red.

Todas las operaciones se van registrando en un en un gran libro de cuentas electrónico, conocido como “blockchain”, que es una cadena de bloques como aquel primero que creó Satoshi Nakamoto. Por otro lado, para que se realicen las transacciones sin contratiempos, existe la figura de los “mineros”, que son los encargados de validar las citadas transacciones a través de la resolución de complejas operaciones matemáticas utilizando sus procesadores. Esta tecnología blockchain permite que las transacciones y pagos sean seguros y no falsificables; esto hace que sea aplicable en otros ámbitos como la banca o, simplemente, para que no nos puedan timar en las entradas de fútbol. Por otro lado, su emisión no se realizará ad infinitum, sino que está limitada (no llegará a haber más de veintiún millones de bitcoins).

Bitcoin se configura así como una moneda privada, autorregulada y que mantiene el anonimato de los operadores al realizar transacciones. En realidad, operar con bitcoins es equivalente a realizar operaciones en efectivo con monedas de curso legal. Además, las criptomonedas tienen como ventaja fundamental permitir realizar de forma instantánea operaciones sin limitación geográfica y sin que haya intermediarios.

Realmente no es nueva la existencia de una moneda privada, ni tendría por qué repugnar una moneda no controlada a nivel estatal. Cuando existía el patrón oro, era el precio de este metal la referencia del valor de la moneda; por otro lado, cuando la emisión de la moneda pasó a ser un monopolio estatal, la actuación sobre la misma de numerosos gobiernos dejó mucho que desear, al perjudicar a los ciudadanos con continuas manipulaciones. De todos modos, en cualquier moneda, es crucial el control de la cantidad de dinero emitida, ya que no existe ningún mecanismo de limitación natural –como la cantidad de oro en circulación en tiempos del patrón oro-. Sin embargo, en el caso del dinero legal como contraposición al dinero privado, el monopolio estatal de la emisión de dinero no ha sido ninguna garantía; y muchos gobiernos han abusado históricamente de su capacidad –sin control legal- de emisión de moneda; haciendo perder valor a la misma en procesos inflacionistas.

Al ser una moneda fuera del control e influencia de cualquier Gobierno (especialmente del capricho de los políticos y su capacidad de presión sobre los bancos centrales), el bitcoin no debería verse afectado por la posible estabilidad o inestabilidad económica o financiera de ningún país en concreto, sino que esta influencia sería a escala global. No obstante, el bitcoin sí que se puede ver afectado por las medidas que tomasen las naciones para restringir su actividad dentro de sus fronteras: vemos que países como China o Rusia intentan prohibirlo, mientras que Japón la ha aceptado como moneda de curso legal, al igual que Australia.

Desde la aparición del bitcoin, lo han ido haciendo otras criptomonedas, con características y ventajas análogas: Bitcoin Cash, una escisión de la original, es la segunda criptomoneda con mayor valor nominal del mundo. La sigue Ethereum, surgida en 2015 y una multitud de criptodivisas que han venido surgiendo, como Litecoin, Monero, Ripple o Dogecoin. La salida a Bolsa el pasado mes de abril en el mercado norteamericano Nasdaq de Coinbase, como plataforma de dinero electrónico para la transmisión de activos, ha supuesto un espaldarazo a la negociación de criptoactivos en los mercados financieros tradicionales.

Todo lo anterior configura un escenario en el que la incertidumbre sobre las criptomonedas va reduciéndose; donde, no obstante, planean amenazas como el fraude y el cibercrimen, las campañas en contra de algunos países, la posición que tomen las instituciones del sistema financiero o el tratamiento fiscal. Todo esto implica un escenario de volatilidad elevada, conforme se van aclarando estos interrogantes.

¿Son necesarias las criptomonedas? Podemos ver unos casos reales e intrascendentes, aunque ilustrativos, en España:

1- A una persona que va a retirar del banco una cantidad en efectivo de 2.000 € para compras navideñas, se le hace declarar a qué va a destinar ese dinero (parece que aún los guardias de tráfico, afortunadamente, no exigen siempre saber cuál es el destino final de los conductores).

2- A otra persona, en su condición de empleadora, le retiran de su cuenta bancaria la cantidad correspondiente a una multa impagada de su empleada de hogar para que se la descuente de su sueldo (al no localizarla las autoridades).

3- A un particular, la Hacienda Pública le congela las cuentas bancarias; esto ocurre un viernes y el lunes siguiente le confirman que era un error, pero el fin de semana –que tenía un viaje- no pudo usar su tarjeta.

Todos estos ejemplos denotan un control creciente y alarmante del dinero de los ciudadanos por parte de las autoridades. Abundando en ello: existe actualmente la polémica de si el Banco Central Europeo va a implantar un euro digital con o sin anonimato de las operaciones ante las autoridades. Si no es anónimo, va a ser como estar sujeto a una inspección del Estado en todas las actividades de nuestra vida en las que realizamos un pago. Si observamos, además, los continuos avances hacia la desaparición del dinero en efectivo, la situación se presenta angustiosa para los ciudadanos.

Parece que, para los intereses de la sociedad, las criptomonedas, si no hubieran existido, habría que inventarlas.

En cuanto a su funcionalidad como dinero o como medio de acumulación de valor, se puede observar que, en el caso del bitcoin, hasta el momento el crecimiento del precio ha sido mucho más significativo que sus lentas caídas, y sus movimientos han marcado un crecimiento meteórico, característico de una burbuja especulativa. Este comportamiento no se corresponde con un activo financiero que es una moneda y que, por tanto, debería servir como medio de pago (lo que hace necesario que mantenga su valor relativamente estable). Es decir, que -a pesar de haber nacido con el objetivo de ser medio de pago- el bitcoin se está utilizando como medio de acumulación de valor, y lo mismo ocurre con las demás criptomonedas. De cualquier modo, las compañías más importantes del mundo van permitiendo de forma progresiva realizar pagos en esta moneda (en España tenemos el ejemplo reciente de El Corte Inglés), con lo que previsiblemente esta tendencia cambie.

En cuanto a las expectativas futuras de cotización del bitcoin, resulta difícil prever su demanda –al ser un activo novedoso y poco conocido- con un análisis clásico: hay que tener en cuenta factores como el creciente uso de esta moneda, la búsqueda de rentabilidad en un entorno de tipos de interés próximos a cero, la desaparición paulatina de los paraísos fiscales, aspectos institucionales o la ausencia de inversiones alternativas significativamente rentables. Lo que se ha observado es que la fuerte demanda de esa divisa digital, unida a la rigidez de oferta, la han convertido en un activo relativamente escaso, factor fundamental para impulsar su precio al alza.

Si utilizamos otra modalidad de análisis, el llamado análisis gráfico (chartista) de los mercados, se pueden ver escenarios de su posible evolución: en la actualidad se puede apreciar que, en el gráfico a cinco años, se ve una típica figura de subida libre desde finales de 2020 que termina en una formación hombro-cabeza-hombro que, de completarse, llevaría a un importante movimiento bajista. En cualquier caso, no conviene invertir especulativamente mirando el retrovisor y esperando las grandes plusvalías del pasado: se puede ganar dinero, pero los tiempos de hacerse multimillonario ya pasaron.

Finalmente, en referencia a su tratamiento fiscal, si en cualquier operación con bitcoins se obtienen ganancias, es necesario tributar por ellas en la declaración de la Renta por la plusvalía obtenida, en un porcentaje que variará entre el 19% y el 23% dependiendo del beneficio obtenido. Por ejemplo, si con la inversión se han ganado menos de 6.000 euros habrá que aplicar el 19%; entre 6.000 y 50.000, el 21%; y más de esa cantidad, el 23%. Por otro lado, hay que tener en cuenta que, aunque no se saquen los bitcoins de un monedero virtual, si se ha conseguido aumentar los ahorros, se debe tributar por ellos.

Joaquín Galván Vallina

Doctor en CC. Económicas y Empresariales. Profesor de la Universidad Europea de Madrid

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