Javier Gurruchaga (San Sebastián, 1958) llegó antes de tiempo; nosotros esperábamos. Era la tarde del 27 de noviembre y el Hotel 1881, en plena calle Alcalá, nos miraba desde las tablas con ese aire de “aquí pasan cosas interesantes”. Ubicado junto a la plaza de Las Ventas, fue nuestro acertado cuartel general para la charla. Loredana, la Relaciones Públicas, impecable directora de lidia, lo tenía todo afinado, y Fernando, el amabilísimo camarero, estuvo al quite durante la hora y pico que duró el encuentro. Vichy Catalán con hielo y limón para Javier -y luego también para Luis Livingstone-; Mahou Cinco Estrellas (una más que el hotel que nos arropó) para este juntaletras que disfrutó como un enano.
El músico nació en San Sebastián en 1958, “el mismo año -bromea- que Madonna, Prince y Michael Jackson… y cuando Elvis se fue a la mili”. Las etiquetas nunca le han gustado, aunque admite que entertainer le encaja: desde muy niño descubrió que hacer reír, imitar voces o cantar le permitía animar a los demás y romper la rutina. Ya en Madrid, donde vive desde hace más de 45 años, en una casa antigua de Chueca que antes fue convento, residencia del cantante de ópera Julián Gayarre, y que acogió una academia de baile en su planta baja - “estaba en mi salsa”-, empezó a diseñar la vida artística que imaginaba: grabar un disco, subirse a un escenario, y mezclar música, teatro y humor sin tener que pedir permiso.

Así nació la Orquesta Mondragón, en plena Transición. “Fue un revulsivo”, recuerda. Aún quedaban coletazos de censura, pero la gente tenía hambre de irreverencia. Él aparecía vestido de novia, de aviador y, siempre, acompañado por el inolvidable Popocho Ayestarán, su ‘comodín’ y el otro gran gamberro del proyecto. Aquel cóctel -rock and roll, hermanos Marx, parodias de Sinatra, un punto dadaísta…- nació en un programa de radio en San Sebastián, Club 44. “Por eso adoro Radio Days de Woody Allen -dice-; es ver ahí nuestros orígenes”.
Hoy observa el presente con serenidad, pero con rasgos críticos: “Hay una excesiva e hipócrita corrección política. No me han censurado nunca, pero la autocensura pesa más que antes”. Ahora prefiere evitar algunas parodias -como la de Trump que hizo hace algún tiempo-, no por miedo, sino por un ambiente “demasiado controlador”. La tecnología tampoco le resulta liberadora del todo: “Las redes y las tarjetas saben dónde estás siempre. A finales de los 70 y en los 80 yo respiré más libertad que ahora”. Aun así, confiesa que la IA le divierte: la usa para animar cuadros, jugar con imágenes o envejecer retratos. “Tiene un lado artístico muy curioso”.
La cultura, opina Gurruchaga, tampoco vive su mejor momento. “No se apoya ni la música ni el teatro. Somos autónomos y cada uno se salva como puede. La pandemia nos dejó tres años sin trabajo”. Pero él continúa: teatro, cine, más de 30 películas -“algunas magníficas, otras más ‘bazofieras’”- , clásicos como 'El rey pasmado', y ahora un nuevo documental sobre la Orquesta dirigido por Max Lemcke. “Vivir de esto es mejor que llevar la contabilidad de un banco”, bromea, recordando cuando trabajaba de botones en una sucursal en San Sebastián, víctima de demasiadas fusiones.
Su condición de entertainer marcó a la Orquesta y también lo marcó a él. Le apasionan Elvis, Freddie Mercury, Bette Midler, Bowie, los Beatles, los Rolling Stones. “Elvis era el que más me interesaba”, confiesa, aunque asegura que nunca ha querido provocar por provocar: “El escándalo si viene, viene. Pero yo no busco estar siempre en la cuerda floja”. Aun así, dejó momentos míticos: entrevistas paródicas en la tele con Mick Jagger o con Felipe González, entonces presidente del Gobierno -imitando a Victoria Prego- o a Hervé Villechaize, el enano de 'El hombre de la pistola de oro', una de las pelis de James Bond. “He hecho bastantes tonterías con las que me siento muy a gusto”, ríe.
¿Existe hoy un artista en España que recoja aquel espíritu?, le preguntamos. “No exactamente. Hay cantautores, pop, indie… pero ese cabaret rock, teatral y gamberro ya no se hace”.
Mientras prepara dos nuevos conciertos antes de fin de año (Valencia y Alicante) y una gira posterior que celebra los casi cincuenta años del grupo, se entusiasma hablando de 'Debajo de mi sombrero' - El festival, que, el próximo 12 de diciembre, llenará el madrileño Palacio Vistalegre de nostalgia ochentera junto a Rafa Sánchez, de La Unión; Carlos Segarra, de Los Rebeldes; Jaime Urrutia, de Gabinete Caligari, Seguridad Social, Danza Invisible, Dr. Livingstone, Tennessee o Siniestro Total. “Fue una década maravillosa. Había más libertad y menos presión”.
Y, con nosotros desde el principio, pero muy calladito, de repente interviene Luis Núñez ‘Livingstone’, de la banda Dr. Livingstone Supongo, también ochentera, y artífice de la película que nacerá de ese concierto-homenaje al pop español. Anuncia que estrenará el tema central del filme y que la directora dirigirá desde una escena con el público: música y cine mezclados en directo. “Va a ser muy feliniano”, promete. La película, cuenta, será de ficción, pero sacará “el alma y el duende real” de cada artista. Sobre el papel de Gurruchaga nos hace spoiler, literal: “Su aparición será el elemento visual y espectacular de la película… y también la escena más cara”. Javier remata entre risas: “Y la más cara-dura”.

El filme, que verá la luz durante el segundo semestre del año que viene, mostrará cómo cada músico se ve a sí mismo, no sólo cómo lo ve el público. “Es precioso”, dice Livingstone, “porque revela lo que somos antes de salir al escenario y lo que la gente cree que somos cuando empieza el concierto”.
Y volvemos con el líder de la Orquesta Mondragón. ¿Algo que te hubiera gustado tener del Javier de hoy en aquellos años? “Pues sí, en algunas cosas, más tranquilidad, más sabiduría, haber leído más, haber escuchado más, haber conocido a gente importante de la que haber aprendido… Pero sin nostalgia.”
Después de tantas vidas artísticas, Gurruchaga, fiel a sí mismo, solo pide algo para cuando baje el telón: “Que digan que no tuve miedo”. Y de la Orquesta Mondragón, “que quede la libertad, el juego, el disparate y la mezcla única que marcaron a varias generaciones”.