Hablar de política a veces es difícil. Definiciones aparte, se supone que existen dos grandes grupos y que esos grupos están bien diferenciados. Por ejemplo, decir que el matrimonio igualitario es un derecho que trajo el PSOE a España, con la oposición inicial del PP (y la posterior boda de Maroto), es una frase cierta. Y tiene sentido porque la moral de la izquierda genérica se mueve entre la compasión y la defensa del débil, del oprimido y del discriminado, entre otros. Pero la realidad es fascinante y provee de situaciones singulares, como la de encontrar a madrileños que votan a Bildu sin ser independentistas.
Vaya por delante que, al menos yo, creo profundamente que toda opción política es legítima siempre que sea legal. Me explico. Nuestro sistema permite y subvenciona -si se llega al mínimo de papeletas- a todo tipo de partido sin importar si buscan mantener o derrocar el régimen, con una sola condición: que en sus estatutos se asegure respetar la Constitución y el resto de solemnes normas, aún siendo esto contradictorio en muchos casos.
Desde luego, este planteamiento parece justo porque no constriñe el margen de maniobra ideológico de nadie y obliga a las organizaciones a ganarse el pan y la confianza mediante su acción política. Por esto, se entiende que el voto es un acto interesado y no altruista. Alguien vota a algo o a alguien porque existe un interés, una reivindicación o cosa parecida. Y funciona igual cuando se vota en negativo, para que otros no alcancen poder institucional.
Al grano. Resulta que en un espacio de menos de dos semanas la casualidad ha querido que me encontrara de frente con dos de los 4.568 censados en Madrid que votaron a la plataforma independentista en las últimas elecciones europeas. Es cierto que es imposible saber con exactitud cuántos de estos madrileños votaron a Bildu porque la marca ‘Ahora Repúblicas’ fue una amalgama de cuatro ingredientes. Pero esto no hace sino aumentar la rareza de la situación, por su escasa base de votantes en tierras capitalinas.
La primera escena tuvo lugar cenando. No recuerdo bien cómo comenzó la conversación aunque sí dos momentos, al hablar ligeramente del plantel político general: la afirmación orgullosa de haber votado al partido que dirige Arnaldo Otegi y la expresión del deseo frustrado de no poder brindarles más confianzas en elecciones municipales, autonómicas y nacionales. El segundo encuentro, más sosegado, fue parecido aunque inesperado. Tras contarle a un amigo la insólita anécdota, este admitió que había hecho exactamente lo mismo.
Las razones que ambos me dieron fueron prácticamente las mismas: es el que mejor representa a la izquierda en España, es el que mejor política social propone y es el que sugiere el mejor modelo de país. Sin embargo, los dos también respondieron lo mismo a una pregunta que me parece clave: “No, no soy independentista”.
El asombro es limitado y a veces se pone a prueba. Es obvio que ningún programa político satisface a nadie al completo y es natural lidiar con contradicciones. Pero cuestión muy distinta es apoyar un proyecto cuya razón de ser, cuya esencia, va en contra de tus presuntos ideales. Dejando a un lado el pasado criminal y violento, no habría un problema si fueran abertzales. Supongo que la coherencia, aunque gratuita, puede llegar a ser muy cara.