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Confinados entre el virus y la nieve y la culpa de todo es del enemigo

lunes 11 de enero de 2021, 13:23h

Llevo desde marzo sin salir de casa nada más que para acudir a los plenos de la Asamblea de Madrid. Fuera de esa escapada, nada de nada, entre confusiones y versiones distintas del número de infectados por el virus de la Covid-19 y de qué medidas son las mejores para evitar la propagación de esta pandemia que ya ha dejado demasiados miles de muertos y enfermos.

Ahora, la borrasca Filomena me ha impedido asomarme a la entrada de mi casa porque más de 20 centímetros de nieve helada son una barrera para personas que tenemos problemas de movilidad.

Con el frío dentro de los huesos y el frigorífico completamente vacío, no me queda más remedio que comunicarme telemáticamente con mis hijas y mis queridos compañeros periodistas, que están hasta las narices de los gobernantes porque consideran que Madrid se ha paralizado por falta de previsión de unos políticos que, además de muchas ganas por hacerse videos y soltar frases bonitas que no alivian en nada a los sanitarios que no han podido llegar a su hospital por no contar con lugares despejados y tampoco a los que han doblado el turno y han estado trabajando más de 48 horas seguidas, mienten más que hablan.

Sobre la pandemia qué decir. Hemos pasado del milagro Ayuso, cuando la incidencia acumulada estaba por debajo de otros lugares de España, al desastre más absoluto. Y de la vacunación contra el coronavirus, mejor no hablar. Se ha pasado la mandataria autonómica diciendo antes de que las vacunas llegaran a Madrid que todo estaba controlado y que se empezaría a inmunizar rápidamente. Y como éramos pocos parió la abuela. Se juntaron el hambre con las ganas de comer, la lucha contra la pandemia y la gran tormenta, y menos mal que, sin poder moverme del salón de mi casa, todos los males se me aligeran y casi desaparecen con la gran noticia: la culpa de todo es del enemigo: el Gobierno social-comunista y bolivariano presidido por Pedro Sánchez. El frío sigue dentro de mis huesos y en el frigorífico solo queda la nada, pero conocer la realidad inventada me ha salvado. Gracias inútiles

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