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Las aulas quieren respirar tranquilas

martes 16 de marzo de 2021, 13:12h

Una escuela no es solo una escuela. Es un lugar que habitamos, una segunda casa; es un espacio de encuentro y de aprendizaje, donde no sólo hacen falta sillas, mesas, pizarras y tiza, sino también la certeza de que estamos a salvo.

En tiempos de pandemia es fundamental para el aprendizaje hacer todo lo posible por prevenir el contagio. Solo así podemos hacer de los centros educativos un lugar verdaderamente seguro. Pero esta es la paradoja: para que las clases presenciales sean seguras debemos asumir que no lo son. Al menos no de entrada, no son seguras si no se ponen en marcha una serie de medidas que las hagan seguras.

Cuando la administración afirma que los centros educativos son “lugares seguros” están mintiendo. Ponen como punto de partida lo que debería ser el resultado de medidas públicas de prevención. Sobra decir que en la Comunidad de Madrid estas políticas de prevención brillan por su ausencia. Han decidido ignorar el problema y barrer los contagios debajo de la alfombra. Si ellos pretenden disfrazar la realidad, alguien tendrá que decirlo: dado el estado actual de la educación en la Comunidad de Madrid, las aulas no son un lugar seguro.

El gobierno de Díaz Ayuso decía que las aulas eran seguras mientras el número de alumnos confinados se duplicó en una semana, de 12.051 a 25.540 y las aulas en cuarentena se triplicaban (del 0,54% al 1,57%). Cifras que, por otro lado, sirven de poco, porque no son reales. Los datos de la Consejería de Educación nacen de la opacidad: nadie sabe exactamente cómo se contabilizan los casos, que no están desglosados ni por centros ni por direcciones de área territorial. El Gobierno regional quiere pintar un paisaje idílico en el que los centros no son lugares de contagio. De nuevo, están mintiendo.

Ahora que la llamada ‘tercera ola’ está retrocediendo no es momento de confiarse. La vacunación de docentes y personal educativo servirá de poco si no se implementan medidas de prevención efectivas: aumento de plantillas, bajada de ratios, dotación de mascarillas FFP2 y filtros HEPA. Lo hemos repetido tantas veces que suena a mantra, pero el gobierno regional no escucha. La prevención es necesaria, no para frenar una posible cuarta ola, sino para prevenirla por completo.

La vacunación, por cierto, ha venido con sus propios problemas, derivados de una mala gestión que lleva la firma de Díaz Ayuso. El proceso ha comenzado sin información ni planificación. No hay un plan. No sabemos cuándo ni cómo se vacunará a los mayores de 55 años ni al profesorado y personal vulnerable.

Este lunes, una decena de centros educativos de la Comunidad de Madrid han sufrido bajas de profesores con fiebre y malestar tras recibir la vacuna. Algunos centros han recibido, al mismo tiempo, la baja de ocho, nueve o más de una decena de docentes. Lo que podrían haber sido bajas puntuales repartidas entre todos los centros de la red se han concentrado en unos pocos centros, afectando al desarrollo de las clases debido a la mala planificación de la Comunidad de Madrid.

Además, la pandemia está teniendo efectos que trascienden el mero contagio. Las cifras no reflejan el frío que han pasado nuestras hijas e hijos en las aulas, muchos sentados al lado de ventanas que se abren y se cierran sin descanso. Las cifras no reflejan su miedo y su ansiedad, la paranoia, la falta de tacto y de contacto, la dificultad de concentrarse, la merma en su vida social y afectiva. Las cifras no hablan de la indefensión y el agotamiento del profesorado, que se siente abandonado; o de aquellos docentes vulnerables, o que viven con alguien vulnerable, y que cada día de clase lo arriesgan todo. Las cifras no miden el peso que llevan a las espaldas.

Cuando por fin llega algo a lo que agarrarse, como los refuerzos COVID que tanto ayudaron durante el primer trimestre, que tanto aliviaron tutorías y desdobles, con los que se pudieron bajar las ratios y paliar desfases curriculares, la Comunidad de Madrid los cesa. Sin pensárselo, a la contra del resto de comunidades, como si le tuvieran alergia a lo que funciona. Como si la igualdad les diera urticaria. Ahora que la pandemia pasa factura, ahora que baja el rendimiento académico y aumenta el absentismo, seguimos con un orientador para cada 800 estudiantes (tenemos un tercio de los orientadores que recomienda la Unesco). No hay asesoramiento, no hay guía ni rumbo. Solo el zigzagueo improvisado del desgobierno.

La clave es que nada de esto tiene por qué ser así. Las aulas no son seguras, pero pueden serlo. Al menos, lo más seguras posibles, y sería inexcusable no luchar por una seguridad y un bienestar sin los cuales no se puede garantizar el derecho a la educación. No es una fórmula revolucionaria, es simplemente el consejo de expertos epidemiólogos y quizá habría que usarlo para empapelar la Consejería de Educación

Vacunación de toda la plantilla y medidas de prevención. Solo así pueden las aulas ser realmente seguras y podrá garantizarse el derecho a la educación presencial. Solo así podrán mantenerse las aulas abiertas para no dificultar aún más la conciliación, esa asignatura pendiente.

Solo así podremos respirar tranquilos.

Isabel Galvín

Secretaria general de la Federación de Enseñanza de CCOO de Madrid

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