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Alborotar la vida

Por Lidia López García
lunes 24 de noviembre de 2025, 08:53h

Es la primera que veo desde lejos; esta vez la miopía no me ha jugado una mala pasada. Está, como siempre, pendiente de los de su alrededor. Tanto, que parece no haberme visto llegar hasta que la sorprendo con un beso.

Pienso en el impacto que puede tener alguien en nuestra vida. Hablo de esas personas que llegan sin anunciarse y alteran el orden de lo cotidiano con la sola manera de estar.

No romantizo. No es que la vida sea otra desde su llegada, porque es exactamente la misma, pero aprendemos a mirarla con otros ojos. Es como si, con su presencia, nos pusiéramos unas gafas que nos permiten ver desde otro ángulo, desde el cual entendemos de otra manera el mundo.

Son como abejorros que, sin ser primavera, llegan a desordenar nuestra quietud; como luciérnagas que, aun siendo de día, de repente lo iluminan todo.

A nuestro alrededor hay vidas demasiado ordenadas, con rutinas que son como jaulas: llenas de holas y adioses que suenan igual, de conversaciones sin vértigo, de besos porque tocan, de cenas a las que no apetece encender velas, de días en los que no suena ninguna canción. Y ellas son capaces, como dice ese texto tan compartido de Hamlet, de encender, con una sola palabra, la ilusión y los rosales. Con solo darnos la mano rompen la soledad, ponen la mesa, sirven un puchero, colocan guirnaldas. Con solo empuñar una guitarra hacen una sinfonía de entrecasa. Con solo abrir la boca llegan hasta todos los límites del alma, alimentan una flor, inventan sueños… Y después se quedan como si nada.

Cuando se marchan, si es que lo hacen, dejan un silencio parecido al que queda cuando acaba una de tus canciones favoritas. Como cuando terminas de soplar las velas de tu cumpleaños. No es que estemos mal, pero estamos menos bien. Y es que ya no hay manera de volver a la mirada anterior cuando hemos visto distinto. También es inútil que intentemos mirar por otras gafas, para sentir lo mismo. Qué remedio que esperar a que llegue, otra vez, la primavera, aunque sea en pleno invierno.

Pienso, mirando a mi abuela cómo alborota todo, que tal vez de eso trate el sentido de la vida: de intentar, en la medida de lo posible, que, a nuestro paso las personas estén un poco mejor; de mover lo que está quieto; de preguntar cuando todos callan; de asombrarse ante lo pequeño; de ser uno mismo con la necesaria ternura, la suficiente esperanza, la curiosidad siempre encendida y con algún arrebato del corazón…

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