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Rosario de Acuña, la pasión revolucionaria de Galdós

martes 28 de enero de 2020, 20:53h

En este centenario de Galdós, que la autoridad competente se apresta a conmemorar por todo lo alto, es posible que, como casi siempre, buena parte de lo sustancial se quede al otro lado del camino. Concretando en un punto, la relación que con el novelista tuvo Rosario de Acuña, narradora, autora teatral de gran éxito, poeta, periodista, librepensadora y primera línea de vanguardia en la lucha por la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, defensora tenaz de los débiles y desheredados de la fortuna, de quien don Benito dijo: “… ha abordado todos los géneros de la literatura, la tragedia, el drama histórico, la poesía lírica, el cuento, la novela corta, el episodio, el pequeño poema, el artículo filosófico, político y social, y la propaganda revolucionaria”.

La relación Galdós-Acuña fue precisamente revolucionaria, como lo fue literaria y estrechamente ligada al conocimiento, incluido el bíblico, con Emilia Pardo Bazán. De las que hubo con las actrices Carmen Cobeña y Anna Judic, con la cantante Marcella Sembrich, con la artista Elisa Cobun, con la poetisa Sofía Casanova o con las docenas de modistillas a las que regalaba una máquina de coser como retribución y tributo por las componendas que le hacían, son pieza separada y ajena a este sumario.

Cuando el 11 de julio de 1909 el Ministro de la Guerra llamaba a filas a los reservistas para nutrir de carne de cañón al ejército encargado de proteger los intereses de inversores y capitalistas en las minas de hierro del macizo de Beni Buifrur, en la actual provincia marroquí de Nador, don Benito entró en cólera y redactó un Manifiesto que fue publicado en varios periódicos españoles y en La Correspondencia de Puerto Rico.

Se indignaba Galdós, y con él una muy buena parte de la sociedad española, de que a aquella guerra que a España como país ni le iba ni le venía solo fueran los pobres, ya que de las brutales carnicerías podrían salvarse todos aquellos en condiciones de pagar seis mil reales al erario o bien pactando un trueque de puesto con un sustituto a cambio de una cantidad generalmente mucho más baja.

Rosario de Acuña contestó públicamente al escrito galdosiano manifestando su total acuerdo con los planteamientos y lo hizo con vehemencia inusitada: “… mándeme hacer lo que sea preciso; si mi viejo cuerpo sirve para ser acribillado, dígame donde he de ponerme, si mi palabra escrita vale para fustigar la cobardía de las masas, dígame donde he de escribir. Allí donde me mande sabré trabajar, sufrir y morir, como me lo ordena mi condición de española y racional”.

Nacida en la localidad madrileña de Pinto en el seno de una familia de abolengo, con diecisiete años visitó la Exposición Universal de París y posteriormente se trasladó una temporada a la embajada española en Roma de la que su tío Antonio Benavides era titular. En 1874 apareció su primera colaboración periodística en La Ilustración Española y Americana y un año después, hacía veinte que una mujer no estrenaba una pieza teatral en la capital, dio a conocer, en el Teatro del Circo de Madrid, su drama histórico Rienzi el tribuno, un alegato contra la tiranía, que además de resultar un extraordinario éxito de crítica y público le valió los elogios de personajes como José de Echegaray, Leopoldo Alas “Clarín” o Gaspar Núñez de Arce.

Dos meses después contrajo matrimonio con un militar que además de pasearla por sus sucesivos destinos, puso sobre su cabeza “madera del aire”, vulgo cuernos, que ella no toleró, por lo que procedió a ponerle en posición de firmes y a dejarle vigilando en dicha postura de por vida, algo verdaderamente insólito en la época.

En 1874 estrenó en Zaragoza el drama Amor a la patria y en 1880 Tribunales de venganza en el Teatro Español de Madrid. En la primavera de 1884 fue la primera mujer a la que el Ateneo madrileño dedicó una velada poética. El escándalo se empezaba a fraguar y, para avivar el fuego, Rosario se hizo masona.

Ferviente militante en la causa de separación de la Iglesia y el Estado en 1881 terminó de escribir El padre Juan, un drama tan osado que ninguna compañía aceptó ponerlo en escena. Así las cosas, la autora creó su propia empresa, alquiló el teatro Alhambra de Madrid, sito en Libertad esquina a San Marcos; asumió la dirección de actores y estrenó en abril con enorme éxito. Pero al día siguiente y aún contando con los permisos pertinentes y pasado la censura previa, la autoridad gubernativa ordenó el cierre del local y la suspensión definitiva de las funciones.

Hastiada y definitivamente vencida por la sociedad bienpensante, Rosario salió de España para recorrer varios países europeos y a su vuelta a España decidió dar un giro radical a su vida dedicándose a la avicultura, primero en Cantabria y después en Asturias, para convertirse en pionera de las técnicas de hibridación, lo que le fue reconocido en exposiciones internacionales. Alejada del mundanal ruido en un caserón junto al acantilado de “La Providencia” de Gijón, construido con el apoyo del Ateneo-Casino Obrero de la ciudad asturiana, todo parecía indicar que su vida social había concluido. Sin embargo, en octubre de 1911 tuvo noticia de los sucesos acaecidos en la Universidad Central de Madrid, en los que un grupo de seis estudiantes universitarias, dos españolas, dos francesas, una alemana y una norteamericana, habían sido insultadas, escupidas y apedreadas por sus compañeros varones que no toleraban la presencia femenina en las aulas. Rosario reaccionó enviando un artículo al periódico El Internacional que publicaba en París su amigo Luis Bonafoux y que el 22 de noviembre reprodujo El Progreso de Barcelona, donde sin pelos en la lengua llegaba a decir: “… nuestra juventud masculina no tiene nada de macho; como la mayoría son engendros de un par de sayas, la de la mujer y la del cura o el fraile, y de unos solos calzones, los del marido o querido, resultan con dos partes de hembra”.

Los universitarios españoles fueron a la huelga de forma masiva y el Gobierno se puso de su lado ordenando el procesamiento de Rosario quien, temiéndose fundadamente que sus huesos fueran a parar a la cárcel, se exiló en Portugal. Dos años después, el todopoderoso Conde de Romanones propuso y consiguió su indulto con argumento sandunguero: “Rosario de Acuña, que debe tener más años que un palmar, ha de volver a la Patria, porque es una figura que la honra y enaltece”.

Y así fue que regresó a su casa de “La Providencia”, donde murió de una embolia cerebral el 5 de mayo de 1923, siendo enterrada por expreso deseo en el cementerio civil de Gijón. Pero, como cuentan del Campeador, triunfó después de muerta, ya que la Sección Artística Obrera del Ateneo reestrenó El padre Juan en el Teatro Robledo de Gijón a pesar de que la obra estaba rigurosamente censurada por el Gobierno al ser considerarla “racionalista”.

Rosario de Acuña, madrileña de Pinto o de la calle de Fomento en la almendra capitalina según sostiene el profesor Fernández Riera, tiene calle en Madrid. Pequeña y en culo de saco, casi lo menos que se despacha en vías urbanas, aunque muy cerca de la Quinta de la Fuente del Berro, a un paso de la fuente que en su tiempo proveía a las botijeras que pregonaban su carga en el Paseo de Recoletos al grito de: “¡De la Fueeente del Beeerro, que la traigo, fresquiiita!”.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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