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¡Qué espectáculo!

jueves 24 de octubre de 2019, 16:35h

Los ojos del mundo han estado puestos en España, más concretamente, en Madrid, y para ser más exactos en el Valle de los Caídos. Más de 500 periodistas se daban cita para asistir a ese espectáculo circense del traslado de los restos del dictador en tres fases: exhumación, desde una tumba cuya losa de 1.500 kilos de peso no ha sido obstáculo para después elevar la momia de Franco hasta el cielo despejado de Cuelgamuros y aterrizar a las puertas del cementerio de Mingorrubio.

Volvía Franco a El Pardo, de donde salió hace 44 años, y lo hacía como entonces, con escolta y un fuerte dispositivo de seguridad. La diferencia es que en 1975 salía en estado preagónico y ahora ha vuelto amojamado.

El mundo asistió perplejo a la ceremonia de exhumación e reinhumación de un cadáver, hecho relativamente corriente, para convertirse en un acontecimiento “histórico”, como lo han calificado los autores de este proceso. Cambiar al dictador de tumba es un hito en la Historia de España, aunque tal solemnidad haya ocurrido en una España con un gobierno en funciones, con una grave crisis política que ha desembocado en la convocatoria de nuevas elecciones; con una economía que deja de crecer sobre lo esperado; unas malas cifras de paro; un estado crítico en Cataluña y los pensionistas, marcha sobre marcha, reivindicando pensiones más ajustadas a sus necesidades.

Pero todo esto no importa. Lo esencial era escribir un momento “histórico” con el traslado de los restos de Franco de un lugar a otro, y con ello, despertar el sentimiento de las dos Españas, remover en el pasado para conmover el presente. El gobierno de Sánchez ya puede dormir tranquilo, con la satisfacción del deber cumplido: ha sacado a Franco del Valle de los Caídos, y con ello ha propiciado que hayan vuelto a salir a la calle los efectos y símbolos fascistas, las banderas predemocráticas; que el águila de San Juan haya vuelto a anidar sobre la enseña nacional, mientras en El Pardo se cantaba el Cara al sol, se levantaba los brazos y el golpista Antonio Tejero, volvía a ser el objetivo de las cámaras y de los reporteros.

Gran victoria sobre la inteligencia emocional la conseguida por el gobierno de Pedro Sánchez, auténtico director de ese circo mediático que tenía calculada su comparecencia en Moncloa, coincidiendo con la emisión de todos los telediarios. Hoy dormirá satisfecho, en el colchón de su cama de la Moncloa, consciente del gran servicio que ha prestado a España, llevándose los restos del dictador de un lugar a otro, desenterrando uno de los episodios más negros de nuestra Historia para volver a enterrarlo, tras un paseo en coche y en helicóptero, ante la mirada del mundo, que todavía no entiende la razón de ser de este circo fúnebre. ¡Qué espectáculo!, francamente innecesario.

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