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El ADN canino

Por Ángel del Río
lunes 26 de febrero de 2018, 09:39h
Me gustan los animales... pero en libertad, no atrapados en una jaula en la terraza de un edificio, donde le trino de los pobres pájaros se ve ahogado por el estruendo de la jungla urbana; ni donde los perros no pueden correr por los pasillos inexistentes de un piso de 40 metros. No me gustan los animales utilizados como mascotas de regalo de Reyes o cumpleaños; como peluches de los que uno llega a cansarse y entonces descuida o abandona. No sé por qué extraña circunstancia en España se ha instalado la fiebre de la perromanía, que es esa moda de tener perro porque lo tiene el vecino, o tener muchos perros, más que el compañero de parque. Tener perro porque está de moda, sin tener de sentimiento de cariño real hacia estos animales, lleva a que el llamado “mejor amigo del hombre”, se convierta en el peor enemigo de la ciudad, y no hay nada más que ver en qué estado de suciedad se encuentra calles, parques y jardines como consecuencia del abandono de excrementos caninos por parte de los dueños, o el caso respeto que se tiene al derecho al descanso de los demás, cuando el perro se convierte en una molestia vecinal. La irresponsabilidad del desaprensivo de turno comienza por abandonar las deposiciones de sus animales en la calle, dejar a los perros sueltos, en contra de lo que exige la ordenanza, incluso en muchos casos, no llevar puesto el bozal aquellos considerados como de razas peligrosas, y terminan por no cuidar debidamente a sus canes, incluso por abandonarlos a su suerte.

Viene todo esto a colación de la idea que se les ha ocurrido al Ayuntamiento de Madrid de exigir que los propietarios inscriban a sus perros en un registro genético, con el objetivo de tener el ADN de cada uno de ellos, de los animales, claro, y así identificar el excremento abandonado en la calle, para proceder a la sanción del infractor. Me parece una idea un tanto ambiciosa, pero estoy de acuerdo en que algo hay que hacer para enderezar la conciencia cívica de quien, afectado o no por la fiebre de la perromanía, deja calles, parques y jardines, alfombrados por una pestilente e insalubre capa de excrementos. Si de verdad consiguen poner en práctica esta iniciativa, se habrá echado el lazo a muchos desaprensivos que se pasan las ordenanzas y deberes ciudadanos por el arco de la indiferencia.

Ángel del Río

Cronista Oficial de Madrid y Getafe

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