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Madrid era una fiesta

lunes 17 de abril de 2017, 09:49h

En Madrid, estos días, fieles creyentes acérrimos, agnósticos en pleno ejercicio de su condición y las hordas de turistas implacables, diríase que toda la población en suma, se han echado a la calle como si la operación salida y retorno fuese una de esas obras de ficción televisiva que presentan síntomas de pérdida de audiencia. A día de hoy, los que se quedan parecen ganar terreno y prestigio a los que se van.

Ya los primeros parecen mirar con cierta compasión a los que se saben prisioneros de caravanas kilométricas o víctimas de las cintas trasportadoras de los aeropuertos a cuyo final solo queda muchas veces unos escasos metros de arena apresuradamente recalentada. Claro que este año ha contribuido sin duda este veranillo madrileño que ya dibuja en el horizonte los calores que han de venir con esos sobrecogedores epílogos de sus magníficas puestas de sol.

Así que en estos días de la apasionada Semana Santa madrileña era fácil sentirse empujado, en todos los sentidos, por el fervor. Fuese cual fuese la condición y naturaleza del mismo. Hasta tal punto que el fervor podía trasladarte de golpe desde la calle Mayor al Paseo de la Florida a poco que te descuidaras.

Porque quien se aproximó a la Plaza de La Villa, por ejemplo, allá por Jueves o Viernes Santo, corrió el riesgo de no regresar de una pieza a su casa o de pasar a formar parte de la mitología que rodea ese lugar emblemático de la ciudad en el que hasta hubo un tiempo en que se encaramaban anarquistas para tirar bombas al paso del cortejo real.

Poco habrá que objetar, muy al contrario, a la labor de los agentes municipales en estas agotadoras fechas en la que su proximidad con el visitante llegaba a tener que ejercer de improvisados guías turísticos, pero hay que señalar que en la Plaza de la Villa se corrió cierto riesgo ya no de desorden sino de que aquello acabase como el Rosario de la Aurora.

Y en vivo y en directo, no en vano allí estaban las incansables cámaras de Telemadrid, que estos días han actuado como en un Gran Hermano sacro. Ya hubo un amago en la tarde del Jueves Santo cuando repentinamente hubo que improvisar entre la muchedumbre un pasillo para que la imagen de Jesús el Nazareno 'El Pobre' y La Virgen Santísima del Dulce Nombre en Su Soledad, encontrasen hueco sin que el si duda largo enunciado de la santa hubiese servido siquiera de advertencia.

Allí no cabía un alma y solo la buena voluntad del vecindario –un tanto estrujado- y la pericia -ya por entonces un tanto harta de ser puesta a prueba- de los municipales, ya digo, evitó males mayores, más allá de algún insulto puntual que no venía a cuento.Peor fue al día siguiente cuando el Santísimo Cristo de los Alabarderos y la Virgen María Santísima de los Siete Dolores, ya a unas horas que no merecían tal algarabía, estuvieron a punto de no poder encontrarse como si no fuese mérito suficiente lograr recorrer las estrecheces de calles como la del Cordón. Y el motivo fue siempre el mismo: no había vallas. Y si hay un momento en el que la gente pide ser amable y ordenadamente… ¿Envallada?, es sin duda en una procesión.

De lo contrario es inevitable que el personal muestre eso que se llama su indignación. Y que así lo recojan por cierto puntualmente las cámaras y los comentarios de nuestra televisión pública por mucho que los pífanos y tambores de la Unidad de Música de la Guardia Real en el Cristo intente poner orden en el ídem. ¿Acaso no había más presupuesto para vallas? Se comentaba enfervorizadamente en medio del fervor. “Es que a Carmena no le gustan las procesiones”, apostilló alguien con la habilidad de reflejos de un tertuliano.

Pocas horas antes, qué cosas, el debut triunfal de la talla de Nuestro Padre Jesús del Perdón 'El Silencio' atravesaba la Puerta del Sol cuando se produjo uno de esos momentos memorables, de esos que separan incluso la realidad de la ficción (¿O no?), y fue cuando súbitamente en un balcón de la sede del gobierno regional, apareció como si tal cosa, es decir como si fuese una madrileña más, la presidenta grabando el momento. Vestía “casual”, si bien a muchos no les pareció tal que, justo en ese momento, saliese en directo en la tele saludando al personal y uniendo así dos mundos en uno, a los de la calle y a los de casa. Nada de extrañar pues la presidenta Cifuentes ya hace tiempo que se asoma al balcón, a saber aún ante qué paisaje.

Pero nada mejor que defina la esquizofrenia de estos días como lo que se escuchó entre aquellos que esperaban la salida del Santísimo Cristo de los Alabarderos. Resulta que una señora al pie de la Puerta del Príncipe apenas podía contener su emoción ante la presencia de su hijo entre la guardia que rendía honores. “¿Ese es su hijo?”, le preguntaron. “Sí –contestó-… Y he tenido que venir a verle con lo bien que se estaba en la playa”.

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