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Melancolía

martes 05 de abril de 2016, 08:21h

El danés Lars von Trier dirigió en 2011 una extraña, bella y tenebrosa película titulada “Melancolía”. En ella, la vida llegaba a su fin ya que un planeta llamado Melancolía se precipitaba sobre la tierra. Se acabó lo que se daba. Lo que, a sabiendas del Apocalipsis, hacían los personajes en espera del momento final conformaba la trama. Iniciado abril, Melancolía parece amenazar efectivamente a nuestro planeta con una Europa que ha vuelto a dar la espalda a gente desesperada como si la compasión fuese definitivamente algo vergonzoso, incompatible con el desarrollo. Un caduco sentimiento sin ningún valor de mercado. El terrorismo cobra fuerza bajo sospechas de ineficacia policial en pleno centro de nuestra civilización. No hay manera de que avancemos. Excepto Melancolía. En España, lo único que últimamente se ha movido de verdad ha sido los pasos de Semana santa. Pero yacen de nuevo en las sombras de las viejas iglesias y las catedrales. Y hemos regresado al juego de la ruleta rusa. Nuestros políticos bailan en playback la misma canción. Estamos en abril y podríamos estar en diciembre del año pasado. Ya empezó raro el año con el presidente dando pasos al compás de Raphael. Aquel baile era en realidad un mensaje cifrado. Rajoy nos estaba anticipando cuál iba a ser su postura ante la que se nos avecinaba: Esperar a “su gran noche”. Lo hizo con tan poco xeito que hasta en Pontevedra no tardaron en nombrarle persona non grata.


Ya proliferan las encuestas que admiten unas elecciones que se avecinan como aquel iceberg que el Titanic no pudo evitar también en un Abril de hace ciento cuatro años. ¡Hay que ver cómo pasa el tiempo para las catástrofes de la historia a base de recordarlas! Dicen que no supondrán un cambio sustancial en lo que ya conocemos. Igual entonces deberíamos evitarlas aunque solo fuese para ahorrarnos otro parsimonioso proceso como el que hemos sufrido y que ha dejado sin resuello a nuestros negociadores. Si nos acostumbramos a todo, ¿por qué no a vivir sin gobierno? A día de hoy los políticos son como los futbolistas a final de temporada: no les alcanza el físico. Ya ni se citan, quizá entregándose a esa pereza tan típica que nos adjudican a los españoles. La que hace que dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy. Para mañana o para Junio. Vale, se acerca el iceberg. El planeta Melancolía nos acecha. ¿Acaso entonces el desperdicio de tiempo que ha supuesto el fallido intento de formar gobierno no va a pasar factura a nadie? Resulta difícil de creer. De hecho, ya hay otras encuestas que complementan a las primeras y que anticipan el castigo que sufrirán PP, PSOE y, sobre todo, dicen, PODEMOS. Si este mensaje cala en las formaciones políticas que de hecho ya han inaugurado sus respectivas crisis internas ¿rectificarán a última hora aunque solo sea para salvar el pellejo? Y si es así, ¿qué credibilidad tendrá ese forzado entendimiento para los electores? Tal vez estemos condenados a la gran paradoja: agotarnos por alcanzar un acuerdo sobre el que, de producirse, recaerán todas las sospechas. Sobre su credibilidad y quién sabe si su conveniencia. El PSOE ha aplazado el follón de su Congreso. En el PP siguen fajando los golpes. Para ellos es fácil. Siempre estarán flanqueados por la implacable sonrisa de Cospedal. Esa jefa de clase presta a chivarse al director del “insti” en cuanto alguien habla en clase. A ella jamás se le arruga la falda plisada.


Pedro Sánchez, que en estos días ha perfeccionado sus andares a lo Gary Cooper en “Solo ante el peligro”, se ha esforzado en dar la impresión de que él ha hecho más de lo que ha podido y, aún mejor, de lo que le han dejado. Iglesias ha tenido un comportamiento tan excéntrico que hasta él mismo se ha nombrado y cesado como vicepresidente de un gobierno que ni siquiera es nonato. Rivera ha aprovechado bien su papel de comodín. Sin despeinarse y sin modificar ese rictus de jefe de planta de Gran Superficie Comercial que mantiene que el cliente siempre tiene la razón. ¿Qué añadir del presidente en funciones? Pues que ha llevado a extremos exagerados ese status hasta hacerse casi invisible excepto, otra vez, en los plasmas televisivos. Hasta ha dejado la impresión de tener mal rollo con el rey, que ya es decir. Rajoy es sólo lento en apariencia porque mientras los demás se reúnen, o reunían, él ya estaba de campaña. De hecho empieza a vender humo electoral prometiendo que trabajaremos menos. Que se lo digan a los parados que consultan con angustia el reloj si es que no lo han empeñado. Es un consuelo para ellos y todos –y todas- que nos diga que va a proponer unificar huso horario también con Canarias, Portugal y Reino Unido. Para que digan que no hace nada por unir voluntades.

Todos los actores de este vodevil de puertas que se abren y cierran dejan la impresión de que ha antepuesto sus intereses y su imagen antes que ceder en algo o en nada. Hay Juntas de vecinos que acaban por ponerse de acuerdo mucho antes. Unos tienen la fama y otros cardan la lana.

A día de hoy, parece tan difícil el dichoso acuerdo como que el Madrid gane la liga. Pero quién sabe. Todos decían que iba a salir goleado en la noche de Johan Cruyff y casi resultó al revés. Qué más da si siempre queda la Champions como consuelo. Si es que antes no nos absorbe el planeta Melancolía.


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