Eva Aguilar es periodista. Su atracción hacia la ciencia empezó a finales de la década de los años 90, cuando trabajaba en el diario La Prensa de Panamá. Tras especializarse en periodismo científico, siguió trabajando como enlace entre el mundo de la investigación científica y el público no especializado. Desde hace varios años trabaja de manera independiente como colaboradora para medios de comunicación tradicionales y portales digitales en Panamá, el Reino Unido y España.
En el último siglo, la paleontología nos ha regalado fósiles espectaculares. Ya sea porque su estado de conservación sea casi perfecto (“Ida”) o porque los restos de su esqueleto estén prácticamente completos (Raptorex), los fósiles nos permiten tener una idea precisa de las criaturas que poblaron la Tierra hace millones de años. En otros casos, el descubrimiento puede no ser tan espectacular en términos de anatomía, pero el hallazgo de un humilde conjunto de huesos fosilizados ha sido en más de una ocasión una pieza clave para entender nuestro propio pasado (“Lucy”, “Ardi”, “el Niño de Taung”).
No ocurre lo mismo con las plantas. Por su propia naturaleza, los especimenes de plantas conservados en las rocas desde hace millones de años son muy escasos y lo que se sabe acerca de la evolución de las familias vegetales es más que nada gracias a polen fósil y al hallazgo de hojas fosilizadas. Y si los investigadores les prestan especial atención es porque animales y humanos hemos evolucionado de la mano de las plantas; su historia ha guiado la del resto de los seres vivos.
Existe un grupo de plantas cuya trayectoria trae de cabeza a los paleobotánicos: las plantas con flores. Estas empezaron a evolucionar hace más de 140 millones de años. Como parte del antiguo bloque continental conocido como Gondwana, lo que hoy es África y América del Sur fueron, hace 200 millones de años, un mismo trozo de tierra. Pero una vez que se separaron, ¿qué ocurrió con las plantas con flores? Esta y muchas otras preguntas se las plantean los científicos que trabajan en Centro y Sur América: ¿Qué comparaciones pueden establecerse entre las plantas con flores de África y los de América del Sur? ¿Qué acontecimientos allanaron el camino para la espectacular diversificación de las plantas con flores? ¿Qué tan rápido se esparcieron por la América tropical?
Se sabe que la evolución de las plantas con flores, que utilizan insectos como polinizadores, fue un paso crucial en la evolución del bosque tropical actual. Pero en algunas familias no hay suficientes fósiles que puedan ayudarnos a entender mejor cuándo y dónde surgieron.
Un grupo de investigadores argentinos ha dado un paso importante en ese sentido. En la última edición de la revista Science describen un hermoso fósil de una planta con flores que han colocado en la familia Asteraceae, a la que pertenecen los alegres girasoles, margaritas y crisantemos. A los investigadores siempre les ha extrañado que no existan más fósiles de esta familia, a pesar de que se distribuye ampliamente en todas las regiones geográficas (con excepción de la Antártida) y es el más diverso de todos los grupos de plantas con flores del planeta (más de 23 mil especies).
El fósil fue encontrado en rocas que tienen un registro geológico de aproximadamente 47.5 millones de años, en el noroeste de la Patagonia, y, de acuerdo con los autores, el hallazgo respalda la hipótesis de que esta familia de plantas tuvo su origen en América del Sur hace unos 50 millones de años y sugiere que una antigua reserva de Asteraceae puede haber surgido en el sur de Gondwana antes de que este se separara en pedazos.
Disfrutemos del hermoso "retrato fosilizado". Como hemos dicho antes, los hallazgos de este tipo son escasos.
Fósil de una planta con flores encontrada en la Patagonia, Argentina, familia de los girasoles, las margaritas, la lechuga y las alcachofas. (Foto: Science/AAAS)
El investigador Koji Eto presentó este martes en Madrid los avances de su investigación con "células reprogramadas".

Fernando Jáuregui

Enrique Dans











