Eva Aguilar es periodista. Su atracción hacia la ciencia empezó a finales de la década de los años 90, cuando trabajaba en el diario La Prensa de Panamá. Tras especializarse en periodismo científico, siguió trabajando como enlace entre el mundo de la investigación científica y el público no especializado. Desde hace varios años trabaja de manera independiente como colaboradora para medios de comunicación tradicionales y portales digitales en Panamá, el Reino Unido y España.
En materia de arqueología y paleontología, existen algunos lugares en el mundo que se han convertido con los años en puntos de incalculable valor para la generación de conocimiento. Un claro ejemplo lo constituyen los yacimientos de la Sierra de Atapuerca, en Burgos, norte de España, un lugar al que muchos investigadores han dedicado sus carreras y que sustenta el título de Patrimonio de la Humanidad otorgado por la UNESCO, gracias a las inmensas contribuciones que sus tesoros fósiles han aportado, y siguen aportando, al entendimiento de la evolución humana. En materia de dinosaurios podríamos también hablar del desierto de Gobi, compartido por China y Mongolia, del que se han extraído esqueletos enteros de criaturas que vivieron hace más de 65 millones de años y que parece ser un pozo sin fondo para la paleontología.
Por los descubrimientos dados a conocer en el último año, tengo la impresión de que la mina de Cerrejón, en Colombia, va camino de convertirse en uno de esos puntos del planeta ricos en joyas fosilizadas, que nos ayudan a comprender la historia de tiempos remotos. Ubicada en la península de La Guajira, al noreste de Colombia, Cerrejón es una mina de carbón a cielo abierto que lleva operando más de 30 años. Hace unos ocho años, un grupo de investigadores visitó la mina y encontró plantas fósiles del periodo geológico inmediatamente posterior a la extinción de los dinosaurios. En otras palabras, Cerrejón es un gran bosque petrificado de 60 millones de años.
Desde entonces, investigadores afiliados a la Universidad de Florida, Estados Unidos, y al Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales de Panamá, entre otras instituciones académicas y de investigación, han estado extrayendo, no sólo fósiles de plantas, sino de los extraordinarios animales ya extintos que habitaron en aquellos primeros bosques neotropicales. El año pasado, después de varios años de análisis de las piezas encontradas, los científicos empezaron a mostrar públicamente los frutos de su trabajo. El más espectacular, quizás, fue el descubrimiento en Cerrejón de la serpiente más grande de la que se haya tenido conocimiento hasta el momento. La Titanoboa cerrejonensis, como llamaron a este enorme animal que debe haber medido 13 metros de largo y pesado más de 1000 kilogramos, saltó a la fama en la revista Nature en febrero del 2009. A partir de ese momento los investigadores han continuado publicando los resultados de sus investigaciones en el lugar. En octubre de 2009 finalmente describieron las características de ese primer bosque neotropical y la semana pasada describían los restos fósiles de un pariente lejano de los cocodrilos, ya extinto, al que han nombrado Cerrejonisuchus improcerus, que significa “pequeño cocodrilo de Cerrejón” y que, piensan, puede haberle servido de alimento a la Titanoboa.
Cuando un grupo de investigadores tiene la suerte de encontrarse con una caja de joyas como pueden serlo Atapuerca o Cerrejón, no es exagerado decir que sus carreras están prácticamente aseguradas. Un investigador involucrado en el proyecto geológico de Cerrejón me confesaba hace poco que, en este caso, sin embargo, nada de lo que están descubriendo sobre la dinámica entre este primer bosque neotropical y los animales que lo habitaron, sería posible si no hubieran existido las excavaciones de la mina, que les permite tener fácil acceso a la roca. Como ocurre con las excavaciones en el Canal de Panamá, donde los trabajos de ampliación de la vía interoceánica facilitan el descubrimiento de restos de los mamíferos que utilizaron el istmo como puente de tránsito hace tres millones de años, Cerrejón es un ejemplo de cómo la ingeniería y la ciencia se complementan. Y pueden abrir un filón de conocimiento que apenas empieza a dar de que hablar.
Restos fósiles de un pariente de los modernos cocodrilos, que vivió hace 60 millones de años, y que ha sido hallado en la mina de carbón de Cerrejón, Colombia. (Foto: Jeff Gage/ University of Florida)
Félix Rodríguez de la Fuente sigue siendo el divulgador de la naturaleza que más impacto ha causado en España, especialmente, con la serie El hombre y la Tierra.

Las sociedades de insectos están muy lejos de ser los modelos de cooperación y altruismo que aparentan.

Cuando la historia cultural del tiempo se ve a través de la imaginación natural

Francisco Muro de Iscar

Pablo Cingolani

Víctor De Gennaro









