La llegada de la Semana Santa ha puesto sobre la mesa una serie de situaciones bastante anormales, o infrecuentes, que observadas desde la altura y desde fuera del sistema bipartidista y partitocrático, parecen un baile de personas y personajes en el que nadie es lo que parece y nada es gratuito. Un verdadero baile de disfraces. El juez Baltasar Garzón, acosado por muchos y arropado por otros tantos, se ha convertido, de repente, en alguien al que hay que amar mucho y considerar un símbolo u odiar sin pensar más que en acabar con él. No cabe ninguna duda que puede haber recurrido a chapuzas en la instrucción de sumarios, y si ha metido la pata tendrá que apechugar con sus errores, pero tampoco cabe duda alguna que los que se han visto amenazados por sus exigencias de justicia en la Memoria Histórica o por sus investigaciones en el golferío Gúrtel están dispuestos a todo para que nadie sepa las canalladas de los franquistas que todavía se desconocen y parar los pies a los que meten las narices donde nadie les llama, y menos en asuntos dirigidos por interés e ideología que luego son verdaderos entramados de negocios turbios y comportamientos de chulos de puta venidos a más.
Este baile pone de manifiesto que la Justicia y los encargados de impartirla visten trajes del siglo XIX en salones de la modernidad pija e insensible. “Niños al salón”, parece la consigna de los amigos de antes de Jaume Matas, el ex gobernante popular de Baleares que parece haber engordado tanto su patrimonio como su matrimonio, a base de billetes de 500 pavos. La obesidad mórbida se fijó en él como un ejemplo del buen hipócrita que pide a los demás que hagan lo que él dice no lo que hace. Un velódromo, un palacete del siglo XVI y unos dirigentes del PP que antes no notaron como engordaba gramo a gramo y que ahora, echo un gordinflón pinchado en la cartera el tal Matas, se resisten a quitarle el carnet del PP.
¿Quién es quién en esta farsa? Menudo bofetón a los controles parlamentarios, a las cámaras de cuentas, a los gobernantes, a las oposiciones y a todos los que hablan de transparencia en la gestión. Aquí hasta que las autoridades judiciales, con ayuda de las policías, no tiran de la colcha que algún soplón interesado saca a relucir nadie se entera de nada. ¿Y qué decir de la vigilancia que los partidos deberían mantener a los que sin parecer corruptos son un golfos que se lo llevan crudo? Nada. Que sólo actúan cuando no sirve para nada lo que decidan o escenifiquen. Si nadie es quien parece, ¿quiénes son los que actúan en la sombra?
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