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La ley de la selva: según Elvira Lindo
La ley de la selva: según Elvira Lindo
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02-03-2010 - Texto y fotografías: Antonio Castro
Después de rodar por algunos de los teatros de la Comunidad madrileña, llega al teatro Arenal 'La ley de la selva', un delirante texto de Elvira Lindo servido por Mariola Fuentes y Tomás Gayo. Este último se desdobla en los tres papeles masculinos, todos al servicio de la única dama.

Lupe se pregunta cómo será divertirse un viernes por la noche fuera de casa. Y es que su marido, dentista, la tiene casi secuestrada. Pero al piso superior llega un don Juan otoñal, bastante fantasma y miope, que le creará a la frustrada mujer una expectativa de aventura. Indi, de Indalecio, la abruma con sus relatos sobre la selva y los indígenas. Pero, al final, no será para tanto y Lupe cae en los brazos de un tercer hombre, más disparatado todavía.

Mariola Fuentes, prácticamente en su debut teatral, provoca la carcajada desde la primera aparición. La suya es una vis cómica infalible, al estilo de las grandes del género, como Esperanza Roy, Gracita Morales o las Muñoz Sampedro. Su Lupe transita de la frustración al escepticismo.  Pero no se confíen: su risa es de hiena. Si van al teatro ya averiguarán por qué. Le da la réplica Tomás Gayo en un ejercicio de transformismo continuo para pasar de un seductor a otro. Al final, su tercer personaje, suma los disparates de los anteriores para un final de vodevil o cabaret.

Desde el primer momento se advierte que la finalidad es hacer reír al espectador. Las escenas se suceden con rapidez gracias al funcional montaje que ha dirigido Nieves Gámez. Un atrezo elemental y unos acertados cambios de luces marcan los distintos espacios de esta selva urbana. En ella los hombres son corderos con piel de lobo y las mujeres rehenes en las cabañas, dispuestas a empuñar la lanza en cualquier momento y arremeter contra todo lo que se les ponga por delante. Elvira Lindo ha escrito un texto directo, con un lenguaje coloquial lleno de socarronería, en el que no falta la reflexión tras haber provocado la carcajada.

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