Murió María de los Llanos. Para todos, doña Josefa.
La última semana de julio dejó de respirar. Estaba cerca de los cien años y falleció en Vallekas, donde llegó desde Albacete, tierra manchega en la que nació y que abandonó en los años cincuenta del siglo XX por los sinsabores del matrimonio (así lo llamaban entonces) para dirigirse a la capital de España. Dejaba atrás Albacete y los recuerdos de su padre, que sufrió las inquinas de los franquistas de su localidad.
Durante muchos años guardó un pañuelo suyo con las siglas de UGT y la bandera tricolor de la II República. En Madrid conoció a Francisco y convivieron juntos hasta la muerte de él. Vivieron en un piso de esos que tenían el yugo y las flechas en la puerta de entrada. Esas viviendas que al principio no tenían luz ni agua, que era cargada en bidones por las mujeres y subida a las casas.
La calle era el lugar elegido para que los niños jugasen. De parques, ni hablar, como tampoco había verde o árboles plantados. La única hierba, la grifa que traían de tarde en tarde los ‘lejías’ (legionarios).
Era la etapa de esplendor del franquismo y todavía se veían mujeres rapadas por los falangistas del barrio. Josefa y Francisco tuvieron tres hijos, que nacieron guapos y sanos. Ella cuidaba de sus hijos y él, de la electricidad en la zona.
Francisco venía de una familia de Valdilecha muy ligada a la República y a la izquierda que luchaba contra los franquistas. Sus hermanos cayeron. Algunos en el frente de batalla y otros sufrieron exilio y cárcel.
Uno de sus hijos de Josefa y Francisco, que había empezado muy temprano a caminar, sufrió la poliomielitis. No recibió la vacuna correspondiente porque en esos años duros de vacunar se encargaba la Falange de zona, que no era compasiva con los rojos, comunistas ni masones ni con los que consideraban que Franco era un asesino inmisericorde. La dictadura se cebó con ella, con los pobres e inmigrantes de otras partes de España que acabaron en Vallekas, expulsados del centro de la capital.
Pasaron los años y toda la familia fue saliendo adelante con más dificultades que ayudas. La alegría nunca faltó en esa casa donde, a veces, los hijos comían solos mientras los padres “hablaban en la cocina”. Eso decían Francisco y Josefa a sus niños para ocultar que no había comida suficiente para todos.
Los sufrimientos no pararon y se agudizaron cuando dos de sus hijos fueron detenidos por subversivos. Uno de ellos pasó por la cárcel de Carabanchel y el penal de castigo de Córdoba. Josefa, que era creyente y religiosa, se enfundó el hábito de Jesús de Medinaceli, Cristo al que visitaba cada vez que su hijo con polio pasaba por el quirófano. Su religiosidad no le echó para atrás a la hora de defender a su hijo preso, al que visitaban Francisco y Josefa desde Madrid (entonces no había autopistas), o manifestarse contra los criminales de la Brigada Política Social.
Los peores tiempos pasaron y ellos dos, que se casaron ya mayores porque el divorcio no existía cuando se conocieron, siguieron en el mismo barrio. Sus hijos salieron adelante y de casa.
Ellos dos vivieron contentos hasta la muerte de Francisco (atendido hasta el último momento por el gran oncólogo y socialista Pedro García Blanco), hace ya 15 años, también en Vallekas. El ataúd de Francisco fue cubierto con una bandera republicana.
Los años pasaron y llegaron las enfermedades. Tenía la alegría de tener a sus nietas Azeguiñe y Leire siempre cerca y a sus bisnietos Logan y Suriñe revoloteando por su casa, que ya no era la del yugo y las flechas sino otra muy cerca de mayores dimensiones y decencia.
Dejó de respirar una tarde después de hablar con Azeguiñe, quien la notó muy animada porque dijo que había recibido una visita de alguien relacionado con la Dependencia, encargados de resolver su ayuda para pagar a la señora interna que la cuidaba (inmigrante que la atendió hasta el último suspiro y muy bien, por cierto). Recibía poco más del 15 por ciento del coste de su cuidadora, tenía una pensión exigua y llamaba gilipollas a los que no atendían sus necesidades.
Poco después, dejó de respirar. Su féretro se colocó en Rivas-Vaciamadrid. Recibió muchas visitas, entre ellas, la alcaldesa de la localidad, y numerosas coronas de flores de su familia, de Servimedia y la ONCE. También dirigentes de estas dos sociedades (Huesa, Riaño y Durán) y del exconsejero de Sanidad, Ruiz Escudero, entre otras personas. Tuvo una guardia de honor de tres vallecanos amantes de la libertad (el Francés, el Terror y el Batichelo) amigos de la familia de toda la vida. Al día siguiente, fue incinerada y, antes de ser quemada, con Josefa de cuerpo presente, se presentó a decir unas palabras de despedida, su otro hijo adoptivo, Jesús Pedroche, expresidente de la Asamblea de Madrid y miembro del Opus Dei, que se desplazó desde Logroño para destacar que “también era mi madre”.
Las lágrimas brotaron por todos los ojos de los presentes para decir adiós a doña Josefa. Todos recordaban con alegría que días atrás, los votantes habían dicho ‘vete a la mierda’ a los nostálgicos del franquismo que tanto hizo padecer a los españoles, entre ellos, a Josefa y Francisco. Eran mis padres. Os quiero mucho.