El 5 de diciembre de 1918, Madrid amanecía —o mejor dicho, se agitaba— entre incertidumbre y fiebre. España había permanecido neutral durante la Gran Guerra, pero la paz europea no trajo calma: los precios se disparaban, los sindicatos se fortalecían y la sombra de la gripe española seguía proyectándose sobre hospitales y hogares.
Ese día, Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, volvía a asumir la presidencia del Gobierno. No era un recién llegado: veterano del parlamentarismo, hábil en los pasillos del Congreso, regresaba en medio de un desafío histórico. La Mancomunidad de Cataluña reclamaba más autonomía y en Madrid se temía que el Estado se deshilachara. La Restauración borbónica, con su sistema de turnos entre liberales y conservadores, mostraba grietas. El régimen parecía agotado.
En la Puerta del Sol, los periódicos se vendían como pan caliente. El Liberal titulaba con esperanza; ABC advertía sobre el peligro de la desintegración nacional. En los cafés de la Carrera de San Jerónimo se discutía con pasión: ¿sería Romanones el hombre capaz de salvar la unidad? ¿O solo otro político atrapado en la inercia de un sistema que se tambaleaba?
Mientras tanto, la ciudad seguía su ritmo: carruajes y tranvías cruzaban la Gran Vía recién inaugurada, los teatros llenaban sus salas y en los barrios obreros se hablaba más de huelgas que de política. Madrid era el epicentro de un país que buscaba respuestas en medio de la incertidumbre.
La gripe española había golpeado con fuerza desde la primavera. Los bandos municipales ordenaban limpieza, desinfección de mercados y uso de mascarillas en hospitales. Los periódicos hablaban del “Soldado de Nápoles”, nombre burlesco con que se bautizó la epidemia en la capital. Entre mayo y julio, más de 6.500 madrileños perdieron la vida. Los hospitales estaban desbordados: las Casas de Socorro improvisaban salas con somieres de campaña, los médicos hacían turnos interminables y las enfermeras trabajaban con mascarillas rudimentarias.
Mientras la ciudad sufría, la prensa se llenaba de anuncios que prometían curas rápidas: “¡Jarabe Antigripal Fénix! Resultados garantizados en 24 horas. Sin efectos secundarios. Apto para niños.” Era la época dorada del charlatanismo sanitario: polvos, jarabes y ungüentos que aseguraban “curar la influenza” sin respaldo científico.
En el Café Pombo, Ramón Gómez de la Serna presidía tertulias donde se hablaba de arte y política, evitando la guerra pero no la gripe. En el Regina, Valle-Inclán protagonizaba escenas tan castizas como violentas: un bastonazo por una silla robada. Madrid era un hervidero de ideas, rumores y personajes que daban color a una ciudad en crisis.
Entre el humo de los cafés y el silencio de los hospitales, la ciudad descubrió que el poder no siempre se mide en despachos, sino en la respiración contenida de quienes esperan y en la obstinación de quienes discuten el futuro mientras la fiebre acecha. Los titulares anunciaban cambios, los jarabes prometían milagros, pero la vida se abría paso entre tranvías y mascarillas. Ni la enfermedad, ni la fragilidad del poder, ni la incertidumbre pudieron silenciar las voces que llenaban tertulias y calles. Madrid siguió siendo lo que siempre ha sido: un escenario donde la política se representa, pero la vida escribe el guion.
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