El 2 de noviembre de 1974, Madrid perdió una joya arquitectónica en una nube de polvo y cascotes. El Mercado de Olavide, corazón octogonal de Chamberí, fue demolido por voladura controlada. Antes de que el hormigón se hiciera escombro, allí giraba la vida. Diseñado en 1934 por el arquitecto Francisco Javier Ferrero Llusiá, el mercado respondía a los ideales racionalistas de la Segunda República: funcionalidad, higiene, luz natural, ventilación cruzada. Su planta octogonal y sus pilares de hierro permitían que el aire y la luz circularan como los vecinos: en ronda.
Entrar al Mercado de Olavide era como girar dentro de un reloj sin agujas. Cada puesto era una estación del tiempo cotidiano. El de frutas desplegaba un bodegón de colores; el de aceitunas, un laboratorio de sabores; la carnicería marcaba el compás con el sonido del cuchillo; la pescadería olía a mar y hielo crujiente; la charcutería colgaba embutidos como guirnaldas; y en el centro, el puesto de especias parecía una botica de alquimista.
El 2 de noviembre, el Ayuntamiento alegó deterioro estructural y necesidad de aparcamiento. Pero los vecinos lo vivieron como una herida. Los escaparates estallaron, el polvo cubrió Chamberí y el octógono se deshizo en segundos. Dos años después, el cineasta Antonio Artero rodó Olavide, un documental narrado por Juan Diego que se convirtió en elegía visual: cine contra la dinamita, archivo, protesta y homenaje.
Hoy, la Plaza de Olavide ya no es mercado, pero ha vuelto a ser el centro del barrio. Tras su remodelación, ha sido peatonalizada por completo, con pavimento permeable, alumbrado eficiente y más de 160 árboles y 21.000 arbustos. Las siete calles que desembocan en ella se han transformado en plataformas únicas, y el espacio se ha llenado de bancos, fuentes, mesas de ping pong y zonas infantiles. Es un lugar de convivencia intergeneracional: niños jugando, mayores paseando, vecinos charlando en terrazas, perros correteando. La plaza ha recuperado su vocación original: ser el corazón del barrio. No como mercado, sino como plaza viva. Un lugar donde la memoria se mezcla con el presente y donde el diseño urbano vuelve a girar en torno a las personas.
Tal día como hoy, Madrid no solo perdió un mercado. Perdió una forma de encontrarse, de girar en torno a lo esencial. Perdió una plaza dentro de la plaza. Y aunque el octógono se deshizo en polvo, su memoria sigue girando en las conversaciones de los vecinos, en las fotos sepia, en los paseos circulares de Chamberí.
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