En la tarde del 21 de febrero de 1991, el Colegio Ciudad de Valencia, en el madrileño barrio de Santa Eugenia, vivió uno de los episodios más devastadores de su historia reciente. Lo que debía ser una clase ordinaria de primero de EGB se convirtió en escenario de un crimen que marcó a una comunidad entera y obligó a Madrid a mirar de frente una violencia que, por entonces, aún no tenía nombre en el lenguaje institucional.
Aquella jornada transcurría con la normalidad habitual de un centro escolar. A las tres de la tarde, la profesora María Esteban Muñoz, de 46 años, impartía una lección a sus alumnos cuando su exmarido, Mauricio Triguero, también docente del mismo colegio, irrumpió en el aula y cerró la puerta con llave. Según los testimonios recogidos por la policía y la prensa de la época, lo hizo con una calma que resultó tan inquietante como reveladora de lo que estaba a punto de suceder.
Sin mediar discusión, Triguero sacó un puñal de 15 centímetros y atacó a María con una violencia extrema. Las primeras informaciones hablaron de “más de diez cuchilladas”, pero la reconstrucción forense detalló diecinueve, y la sentencia judicial posterior fijó el número final en veintiséis puñaladas, varias de ellas mortales de necesidad. El arma quedó clavada en el pecho de la maestra cuando el agresor abandonó el aula. Los alumnos, atónitos, apenas pudieron comprender lo sucedido: algunos creyeron que habían presenciado un golpe con un paraguas, incapaces de imaginar la magnitud de la tragedia.
Tras el ataque, Triguero salió al pasillo y, según declaró una compañera que se cruzó con él, pronunció unas palabras que estremecieron a quienes las escucharon: “Ya todo ha terminado”. Acto seguido se dirigió en coche a la comisaría de Entrevías, donde se entregó voluntariamente. En su confesión aseguró haber hecho “lo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo”.
La investigación reveló que el crimen no fue un impulso repentino. Triguero había dejado cintas magnetofónicas dirigidas a su hijo en las que afirmaba con claridad su intención de matar a su exmujer. En ellas justificaba su futura acción y culpaba a la víctima de disputas relacionadas con la custodia del menor, un terreno de conflicto que llevaba años tensándose. María había denunciado a su exmarido por malos tratos, aunque las acusaciones no prosperaron judicialmente, mientras que él acumulaba varias denuncias contra ella por motivos relacionados con el régimen de visitas.
Un año después, en febrero de 1992, la Audiencia Provincial de Madrid condenó a Mauricio Triguero a 20 años de reclusión menor por parricidio, reconociendo las atenuantes de trastorno mental incompleto y arrepentimiento espontáneo por la entrega inmediata. El fallo judicial dedicó folio y medio a describir las heridas infligidas a la víctima, reflejo de la brutalidad del ataque.
Para el colegio, el barrio y la ciudad, el asesinato de María Esteban fue un golpe profundo. La Comunidad de Madrid dispuso atención psicológica inmediata para los alumnos que habían presenciado el crimen, niños de apenas seis años que trataban de explicar lo ocurrido con palabras propias de su edad. Aquella clase, que había comenzado como tantas otras, quedó convertida en símbolo involuntario de una vulnerabilidad que España tardaría aún años en nombrar como violencia de género.
Hoy, más de tres décadas después, su nombre sigue resonando en la memoria colectiva. María Esteban no fue solo una víctima: fue una maestra querida, una mujer cuyo compromiso con la educación pública formaba parte de su identidad, una figura que dejó huella en su escuela y en su barrio. Recordar su historia no es un ejercicio de nostalgia ni un recuento macabro, sino un acto de justicia. Es devolverle la dignidad que le arrebató la violencia y reconocer que su vida —no solo su muerte— forma parte de la historia de Madrid.
Porque cada vez que se nombran los hechos tal como ocurrieron, se abre un espacio que la violencia intentó cerrar. Y porque su memoria, todavía hoy, exige que jamás dejemos de mirar de frente lo que pasó dentro de aquel aula que se quedó sin respiración.
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