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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Madrid sobre raíles: la historia del tranvía
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Madrid sobre raíles: la historia del tranvía

jueves 05 de marzo de 2026, 07:00h

Hubo un tiempo en que Madrid tenía otro sonido.

No era el rumor constante del tráfico ni el zumbido de los motores que hoy llenan las calles. Era un sonido metálico y rítmico, casi musical, que se escuchaba a lo largo de avenidas y plazas: el de las ruedas de los tranvías deslizándose sobre los raíles.

Durante décadas, ese sonido formó parte de la vida cotidiana de la ciudad. Antes del metro, antes de los autobuses urbanos y mucho antes del tráfico que hoy define el paisaje madrileño, Madrid se movía sobre raíles.

El 5 de marzo de 1910, el Ayuntamiento aprobó nuevas normas para ordenar la circulación de los tranvías eléctricos en una capital que crecía rápidamente y empezaba a enfrentarse a un problema nuevo: la movilidad urbana.

A comienzos del siglo XX Madrid rondaba ya los 600.000 habitantes. La ciudad se expandía hacia nuevos barrios, las distancias empezaban a ser mayores y cada vez más personas necesitaban cruzar la capital cada día para trabajar, estudiar o hacer gestiones.

El tranvía era la respuesta a ese desafío.

Pero la historia del tranvía madrileño había comenzado varias décadas antes, en una época en la que la electricidad aún no había llegado a las calles.

El primer tranvía de Madrid empezó a circular en 1871. No era eléctrico ni especialmente rápido. Era lo que entonces se llamaba un tranvía de sangre, un vagón arrastrado por caballos que avanzaba lentamente sobre raíles metálicos incrustados en la calle.

Aquel primer recorrido conectaba el barrio de Salamanca con el centro de la ciudad, y para muchos madrileños fue ya una pequeña revolución. Viajar sentado mientras el vehículo avanzaba por la ciudad parecía algo casi moderno.

Los vagones, generalmente de madera, avanzaban despacio mientras los caballos tiraban de ellos entre carruajes y peatones. Las calles de Madrid todavía estaban lejos de parecerse a las avenidas ordenadas que hoy conocemos.

Pero todo cambió cuando llegó la electricidad.

A finales del siglo XIX comenzaron a implantarse los tranvías eléctricos, mucho más rápidos y capaces de recorrer distancias mayores sin depender de animales. Para los madrileños de la época aquello era una auténtica innovación tecnológica.

Subirse a uno de aquellos vagones significaba, en cierto modo, viajar en el futuro.

Las líneas comenzaron a extenderse por la ciudad. Los tranvías atravesaban calles como Alcalá, Atocha o la Puerta del Sol, y conectaban el centro con barrios que empezaban a crecer rápidamente.

En los años veinte Madrid llegó a tener más de 140 kilómetros de líneas de tranvía, una red que convertía a este transporte en el auténtico esqueleto de la movilidad urbana.

Pero el tranvía no era solo un medio de transporte. Era también una escena cotidiana de la vida madrileña.

Dentro de aquellos vagones viajaba todo Madrid.

Funcionarios que se dirigían a los ministerios. Estudiantes con carpetas bajo el brazo. Obreros que cruzaban media ciudad para llegar a su trabajo. Señoras que regresaban del mercado con cestas llenas.

El tranvía era, en cierto modo, un pequeño retrato de la ciudad.

El conductor, situado en la parte delantera del vehículo, hacía sonar con frecuencia una campana metálica para avisar de su paso. Las calles de Madrid estaban llenas de peatones, vendedores ambulantes y carruajes, por lo que abrirse paso no siempre era sencillo.

Ese sonido de campana se convirtió en uno de los rasgos más reconocibles del Madrid de principios del siglo XX.

Los periódicos de la época recogen también algunas quejas de vecinos que protestaban por el ruido constante, aunque muchos otros aseguraban que el sonido del tranvía formaba parte del carácter de la ciudad.

También había pequeñas escenas curiosas.

Aunque estaba prohibido subir al tranvía en marcha, muchos madrileños aprovechaban la baja velocidad del vehículo para saltar al estribo mientras avanzaba lentamente. Los llamados “viajeros de estribo” eran habituales cuando los vagones iban llenos.

En invierno el viaje no siempre resultaba cómodo. Los vagones estaban poco cerrados y el frío se colaba por las rendijas mientras el tranvía avanzaba entre calles embarradas en los días de lluvia.

Aun así, el sistema funcionaba.

Durante décadas el tranvía fue el principal transporte de Madrid. Incluso después de la inauguración del Metro en 1919, ambos sistemas convivieron durante muchos años.

El tranvía seguiría recorriendo la ciudad hasta 1972.

El 1 de junio de ese año circuló el último tranvía de Madrid, poniendo fin a más de un siglo de historia sobre raíles.

Hoy apenas quedan algunos vestigios. A veces, durante obras en el centro o reformas de calles antiguas, aparecen tramos de raíles ocultos bajo el asfalto.

Pequeños fragmentos de una ciudad que avanzaba más despacio.Un Madrid en el que cruzar la ciudad significaba subir a un vagón de madera, escuchar el sonido de la campana y dejar que las calles pasaran lentamente por la ventanilla.

Porque durante mucho tiempo, Madrid no se movía sobre ruedas.

Madrid se movía sobre raíles.

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