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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Portada de 'El crimen de la calle Fuencarral', de Benito Pérez Galdós.
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Portada de 'El crimen de la calle Fuencarral', de Benito Pérez Galdós. (Foto: BDI)

Madrid: la ventana de Galdós

domingo 04 de enero de 2026, 07:00h
Actualizado: 04/01/2026 09:07h

En el número 7 de la calle Hilarión Eslava, en pleno barrio de Argüelles, se apagó el 4 de enero de 1920 una de las miradas más hondas y discretas que ha tenido Madrid. Benito Pérez Galdós murió en su domicilio después de años de problemas de visión, pero su relación con la ciudad seguía siendo tan estrecha que, incluso cuando la vista dejó de servirle, encontró otra forma de entenderla: escucharla. No fue un recurso poético, sino una práctica cotidiana que convirtió a la ventana de su casa en un observatorio íntimo de la vida madrileña.

La escena es sencilla y poderosa a la vez. Galdós se sentaba junto al cristal, en silencio, y dejaba que la calle le hablara. Reconocía a los vecinos por la cadencia de los pasos, por la manera en que un carrito chirriaba cada mañana, por el golpe de un bastón que sonaba siempre en la misma baldosa. En esa rutina mínima encontraba gestos que otros pasaban por alto. Allí, en un rincón doméstico, convertía el ruido urbano en relato interior, como si Madrid le dictara sus propios capítulos finales. Para un escritor que había hecho de la observación un oficio y de lo cotidiano un territorio literario, la ciudad nunca dejó de ser materia viva.

Su muerte provocó una de las despedidas más multitudinarias del primer tercio del siglo XX. Miles de madrileños acompañaron el cortejo fúnebre de un hombre que, sin estridencias ni protagonismos, había dado voz a personajes de carne y hueso, casi siempre humildes, casi siempre invisibles para la literatura oficial de la época. Era el reconocimiento espontáneo a quien supo contar Madrid sin maquillarla, sin solemnidades innecesarias y con una humanidad que aún hoy late en sus novelas.

El escritor vivía rodeado de papeles, lápices gastados y muebles sin pretensión. Viajaba en tercera clase para mezclarse con la gente corriente, se mantuvo siempre lejos del boato cultural y trabajó con una disciplina silenciosa. Su timidez contrastaba con la fuerza de su obra, y su vida privada estuvo marcada por una reserva que alimentó rumores, silencios y correspondencias.

Su última etapa, marcada por la ceguera progresiva, lejos de alejarlo de la ciudad lo acercó a ella de un modo inesperado. La ventana se convirtió en su punto de encuentro con un Madrid que no necesitaba ser visto para ser comprendido. Escuchar la ciudad fue su manera de seguir caminándola sin levantarse de la silla. Esa escucha —paciente, honda, cotidiana— es quizá una de las imágenes más emocionantes de su biografía.

Hoy, al pasar por Hilarión Eslava, poco queda que recuerde aquel ritual silencioso. Pero la lección persiste: Madrid también se entiende por el oído. En los pasos, en los roces, en los ritmos anónimos que construyen la identidad de una ciudad que, como las novelas de Galdós, avanza sin prisa pero sin pausa. El escritor dejó muchas páginas, pero dejó también una mirada que no necesitaba ojos. Su ventana sigue ahí, invisible pero presente, enseñando que a veces basta con detenerse y escuchar.

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