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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Las pioneras del volante en Madrid
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Las pioneras del volante en Madrid

jueves 12 de marzo de 2026, 07:00h
Actualizado: 12/03/2026 07:25h

A comienzos del siglo XX, Madrid todavía era una ciudad donde el sonido más habitual en las calles era el de los cascos de los caballos contra el adoquinado.

Carruajes, tranvías y peatones marcaban el ritmo de una capital que todavía conservaba muchas características del siglo XIX. El tráfico era lento, irregular y en muchos lugares caótico, pero respondía a una lógica conocida por todos.

Entonces comenzaron a aparecer los automóviles.

Los primeros coches que circularon por Madrid a principios de siglo eran todavía una rareza. Apenas había unas pocas decenas registrados en toda la ciudad y ver uno pasar seguía siendo un espectáculo para muchos madrileños.

Cuando un automóvil atravesaba una calle del centro, no era raro que la gente se detuviera a observarlo. Algunos niños corrían detrás del vehículo mientras los cocheros de carruajes lo miraban con cierta desconfianza.

Aquellas máquinas ruidosas parecían anunciar el futuro.

Pero hacia 1917 empezó a producirse otra escena que despertó todavía más curiosidad en la ciudad.

Algunas mujeres comenzaron a conducir automóviles por Madrid.

En aquella época la conducción estaba asociada casi exclusivamente a los hombres. Manejar un coche implicaba conocimientos mecánicos, cierta fuerza física para arrancar el motor con manivela y una presencia pública en las calles que muchas normas sociales todavía reservaban a los hombres.

Por eso, cuando una mujer aparecía al volante, la escena llamaba la atención.

Las crónicas de la época mencionaban a conductoras recorriendo avenidas como el Paseo de la Castellana o conduciendo cerca del Parque del Retiro, lugares donde los madrileños solían pasear y donde la visibilidad de estos nuevos vehículos era mayor.

Aquellas primeras conductoras pertenecían generalmente a familias acomodadas.

Tener automóvil era todavía un lujo reservado a muy pocos. Pero incluso para quienes podían permitírselo, conducir en Madrid no era sencillo.

Las calles no estaban preparadas para el tráfico motorizado.

Muchas seguían siendo de tierra o de adoquines irregulares, lo que levantaba polvo en verano y barro en invierno. Los coches tenían que convivir con tranvías, carros de mercancías, vendedores ambulantes y peatones que cruzaban las calles sin demasiadas normas.

Además, los automóviles provocaban un problema curioso: asustaban a los caballos.

El ruido de los motores y el humo del escape podían inquietar a los animales de los carruajes, lo que provocaba situaciones caóticas en algunas calles del centro.

En esos años el Ayuntamiento de Madrid empezó también a regular la circulación de los automóviles y a exigir permisos para conducir.

Era el nacimiento del tráfico moderno en la ciudad.

Pero más allá de la curiosidad técnica, la presencia de mujeres al volante tenía también un significado social.

A comienzos del siglo XX las mujeres empezaban a acceder lentamente a nuevos espacios públicos. Algunas ingresaban en la universidad, otras participaban en la vida cultural y comenzaban a reclamar mayor presencia en la sociedad.

Intelectuales como Emilia Pardo Bazán defendían ya el derecho de las mujeres a la educación y a una mayor independencia.

En ese contexto, la imagen de una mujer conduciendo por las avenidas madrileñas adquiría un significado simbólico.

El automóvil ofrecía libertad de movimiento.

Permitía desplazarse sin depender de carruajes públicos ni de acompañantes.

Aquellas primeras conductoras quizá no pretendían protagonizar ninguna revolución, pero su presencia en las calles de Madrid reflejaba los cambios que comenzaban a producirse en la sociedad.

Con el paso de las décadas el automóvil dejó de ser una rareza y se convirtió en parte del paisaje cotidiano de la ciudad.

Hoy millones de vehículos recorren cada día las calles de Madrid.

Y entre ellos, millones de mujeres al volante.

Pero hace más de un siglo, cuando los primeros coches avanzaban lentamente por el Paseo de la Castellana, ver a una mujer conduciendo seguía siendo una escena que hacía que muchos madrileños se detuvieran a mirar.

Una pequeña revolución silenciosa que comenzaba a rodar por las calles de la ciudad.

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