A mediados del siglo XIX, la capital ensayó una forma de modernidad que entonces parecía extranjera: un pasaje cubierto para pasear, comprar y resguardarse del clima. El 18 de febrero de 1847 abrió sus puertas el Pasaje Comercial de la Equidad, un proyecto impulsado por el inversor Manuel Matheu que quiso acercar a Madrid la estética y el uso social de las galerías de hierro y cristal que triunfaban en París y otras capitales europeas. En una ciudad aún dominada por comercios abiertos a la calle, toldos de lona y carros zigzagueando entre clientes, aquella galería iluminada sorprendió a curiosos y a escépticos a partes iguales.
La ubicación —entre Espoz y Mina y Victoria, a un paso de la Puerta del Sol— no fue casual: el derribo del convento de Nuestra Señora de la Victoria tras la desamortización abrió suelo para operaciones inmobiliarias y, con ellas, para una nueva idea de ciudad. El pasaje, descrito en su tiempo como suntuoso, se concibió con estructura metálica y cubierta acristalada, un ambiente pensado para el paseo civilizado y el consumo selecto que en Madrid apenas empezaba a arraigar. Allí se instalaron negocios de tejidos finos, relojeros y cafés que, con el tiempo, consolidaron el espíritu urbano de la zona.
Las crónicas conservan episodios reveladores: el eco de los pasos bajo la bóveda de cristal, los escaparates que ordenaban la mirada y, sobre todo, la sensación de haber domeñado por un instante el clima y el polvo de la Villa. Entre las anécdotas más repetidas, la del dependiente que mantuvo una palangana bajo el mostrador “por si entraba agua”, incrédulo ante la promesa de pasear a cubierto. Más allá de la sonrisa, la historia condensa el choque entre la tradición abierta a la calle y el ideal burgués de la galería resguardada que trataba de introducirse en el centro histórico.
Sin embargo, el experimento no prosperó como sus promotores habrían deseado. Los pasajes madrileños no consolidaron una cultura de consumo comparable a la de París o Milán, y la Equidad perdió su cubierta y su carácter de galería en pocas décadas. Antes de 1868, el pasaje como tal había desaparecido, aunque el trazado subsistió convertido en calle. La ciudad, tan práctica como orgullosa, absorbió ese corredor y lo rebautizó con el apellido de su impulsor: Pasaje de Matheu, hoy una travesía peatonal que mantiene la conexión entre Espoz y Mina y Victoria, con bares y restaurantes que han sustituido al lujo acristalado de antaño.
Vista desde el presente, aquella inauguración de 1847 no fue un capricho efímero, sino un hito de transición. Introdujo en Madrid la idea —modesta pero persistente— de que el espacio comercial podía ser también un lugar para el paseo, la contemplación y la sociabilidad urbana. Aunque la galería cubierta se desvaneció, quedó la huella toponímica y el gesto de un tiempo que quiso europeizar la experiencia cotidiana de la ciudad. El Pasaje de Matheu es hoy la memoria viva de aquel intento: un “pasaje” sin techo que recuerda, con cada velador y cada escaparate contemporáneo, que el urbanismo madrileño también se escribía en pequeños ensayos capaces de abrir, por un momento, un nuevo Madrid.
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