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TAL DÍA COMO HOY EN MADRID

Cómo se mueve Madrid: el lado invisible de la danza

Cómo se mueve Madrid: el lado invisible de la danza

miércoles 29 de abril de 2026, 07:00h
Actualizado: 29/04/2026 07:24h

Hay un momento durante el ensayo en el que sé que el movimiento no va a salir como debería. No es al principio, cuando el cuerpo todavía no ha despertado del todo, ni tampoco al final, cuando ya no queda energía para sostener nada. Es en ese punto intermedio en el que todo debería empezar a encajar y, sin embargo, no lo hace. El pie llega un segundo tarde, el peso no termina de caer donde tiene que caer y el equilibrio se rompe antes de tiempo. No es un error grande, no es algo que alguien desde fuera detectaría con facilidad, pero yo sí lo noto. Y cuando lo noto, ya no puedo hacer otra cosa que parar y volver a empezar.

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‘Tal día como hoy en Madrid’: recorremos la ciudad desde su ritmo más invisible, el de la danza.

Eso, que parece una excepción, es en realidad lo más habitual. Bailar en Madrid —o en cualquier sitio, pero aquí se siente de una manera muy concreta— no consiste en ejecutar movimientos bien aprendidos, sino en convivir con lo que todavía no está resuelto. El estudio en el que ensayo podría estar en cualquier barrio: un bajo que pasa desapercibido desde la calle, un espacio compartido, una sala en la que el suelo no siempre es perfecto y en la que el espejo devuelve una imagen que no siempre coincide con lo que uno cree estar haciendo. No hay nada espectacular en ese lugar. Nadie entraría por casualidad. Y, sin embargo, ahí es donde sucede todo lo importante.

El tiempo dentro no se mide igual que fuera. No hay una progresión clara, no hay una sensación constante de avance. Hay repeticiones que no llevan a ningún sitio, ajustes mínimos que solo se perciben después de muchos intentos y días en los que uno se va con la sensación de no haber conseguido nada. Esa es una de las partes más difíciles de explicar: que el trabajo no siempre tiene un resultado visible, que la mejora no es lineal y que muchas veces el único progreso consiste en entender mejor el error.

Cuando salgo a la calle, la sensación cambia de forma brusca. Madrid va a otra velocidad, una que no permite detenerse demasiado en nada. La gente camina deprisa, se cruza sin mirarse, esquiva cuerpos con una precisión que no parece consciente. Todo fluye hacia adelante, incluso cuando no está bien resuelto. Y, sin embargo, hay algo en ese movimiento que me resulta familiar. No porque sea danza en un sentido estricto, sino porque también responde a una lógica, a una estructura que se repite sin necesidad de ser ensayada.

En el metro, esa sensación es aún más evidente. Los cuerpos se organizan en el espacio sin hablar, se abren para dejar salir, se cierran para ocupar el sitio que queda libre, se desplazan con una coordinación que nadie ha enseñado. No hay intención artística, no hay voluntad de construir algo bello, pero hay ritmo, hay repetición y hay una forma de entender el espacio que, en el fondo, no es tan distinta de la que yo busco en el estudio. La diferencia es que ahí nadie se detiene a corregir nada. Si algo sale mal, simplemente se continúa.

Yo no puedo hacer eso. O no del todo. Incluso fuera del estudio, sigo trabajando sin darme cuenta. Repito una secuencia en la cabeza mientras espero a que cambie un semáforo, ajusto un gesto mientras camino o marco un ritmo interno que no tiene nada que ver con el de la calle. Madrid se convierte, sin que nadie lo note, en una extensión del ensayo. Un lugar donde probar, donde imaginar, donde seguir afinando algo que todavía no está terminado.

Cuando vuelvo por la tarde, el movimiento sigue sin estar donde debería. Y eso, lejos de ser una frustración puntual, forma parte del propio trabajo. No hay un momento en el que todo encaje de golpe, no hay una línea clara entre hacerlo mal y hacerlo bien. Hay aproximaciones, intentos, decisiones que se ajustan poco a poco hasta que, en algún momento, algo cambia lo suficiente como para sostenerse.

En lugares como el Teatro Real o en espacios como Matadero Madrid, ese proceso se presenta de otra manera. Se ordena, se limpia, se convierte en algo que puede ser visto y entendido en pocos minutos. Pero lo que llega ahí es solo una parte muy pequeña de todo lo que lo ha hecho posible. La mayor parte se queda fuera, en salas como esta, en horas que no se contabilizan y en repeticiones que no tienen garantía de resultado.

El 29 de abril, Día Internacional de la Danza, pone el foco durante un momento en todo eso. Hace visible algo que normalmente no lo es. Pero la realidad no cambia por un día. Al día siguiente, todo vuelve a su lugar. El ensayo continúa, el error sigue estando ahí y el proceso se repite sin que nadie lo mire.

Y quizá por eso, cuando todo encaja y el movimiento sale como debe, parece que ha ocurrido en un instante. Pero no es verdad. Detrás hay horas que no se vieron, errores que no cuentan y una insistencia que nadie aplaude. En una ciudad como Madrid, que nunca se detiene, hay quienes eligen hacer justo lo contrario: parar, repetir y afinar hasta que el cuerpo entiende. Y entonces sí. Entonces el movimiento no solo sucede. Se queda.

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